El penúltimo raulista vivo

Sobre Fernando Alonso

No me gustaría que nadie entendiera este artículo mío sobre Fernando Alonso como una justificación o algo así. No me gustaría, insisto, aunque habrá, seguro, quien apoye esta teoría. Quienes me conocen bien –y cuando digo "bien", me refiero a bien-bien– saben que no tengo problemas para rectificar, ni tampoco para pedir perdón. Tras recibir el requerimiento notarial de Lissavetzky, Abellán abrió El Tirachinas del martes diciendo que si el secretario de Estado estaba esperando a que rectificara se podía ir tranquilamente a la cama. Yo digo ahora más o menos lo mismo: quien piense que voy a rectificar ni una sola línea de lo que he escrito sobre Fernando Alonso ya puede dejar de leer el artículo en este preciso instante puesto que no habrá rectificación. Y para quien, leyendo este blog, espere encontrarse en el futuro una serie de artículos "blancos" o blandos sobre el asunto que sea, repito idéntica recomendación. Lo digo, más que nada, para evitar posibles disgustos o importantes quebraderos de cabeza. Este blog será un blog polémico o simplemente no será. Así de claro.

He pedido a mis compañeros que cuelguen el artículo antes de que empiece la carrera de Brasil, así habrá menos malentendidos. Aunque, de cualquier forma, los habrá. Los habrá, incluso, entre aquellos que hayan entendido bien lo que quiero decir. De los cerca de dos mil artículos (¡dos mil!) que, desde septiembre del año 2000, he tenido el honor de escribir para Libertad Digital, habré dedicado, como mucho, diez a la Fórmula Uno. Y, en concreto a la figura de Fernando Alonso, habré dedicado la mitad. Hablo de memoria, claro. Con esto quiero decir que el porcentaje de artículos es mínimo, inapreciable, insignificante, en comparación, por ejemplo, con los que he dedicado a otros deportes. Pero en ninguno de ellos habré dicho que Alonso es un mal piloto. Los (poquísimos) artículos que haya podido dedicar a Alonso han sido producto de declaraciones o salidas de tono suyas. Fernando Alonso no puede ser un mal piloto de Fórmula Uno puesto que es campeón del mundo. En (muchas) ocasiones, Fernando Alonso, que es un deportista inigualable, un fenomenal piloto del que debemos disfrutar como hicimos en el pasado con Miguel Induráin, Severiano Ballesteros o Ángel Nieto, y como hacemos ahora con Rafa Nadal, Pau Gasol o Dani Pedrosa, se ha comportado como una plañidera. Eso es lo que escribí, y eso es lo que mantengo.

Repito que este artículo será colgado en Libertad Digital antes de que arranque el Gran Premio de Brasil. Evitaré así algunos (sólo algunos) malentendidos. Alonso tiene todo de cara para lograr su segundo Mundial. Si ha sido así, vaya desde aquí mi más sincera enhorabuena, mi felicitación más efusiva. Sólo por el hecho de ir por ahí paseando la bandera de España en un momento tan desordenado como el que vivimos, Fernando Alonso se merecería mi agradecimiento. Hay dos formas de acometer sus excesos verbales del pasado; la de aquellos que dicen que él es así y que lo verdaderamente importante es su forma de pilotar, y la de aquellos (muchos, por cierto) que afirmamos que hay que intentar separar al piloto del hombre. Sólo un ciego no vería lo magnífico piloto que es Fernando Alonso. Yo, gracias a Dios, no estoy ciego. Ni tampoco me considero un imbécil. Espero que gane su segundo Mundial. Y si así lo hace, ojalá pasee por Brasil la bandera de España. Seguramente no seré el primero en alegrarme, pero me alegraré con el resto.

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