El penúltimo raulista vivo

Smokin

Siempre llegan a destiempo las malas noticias. La del cáncer de hígado que padece Joe Frazier lo hizo bien entrada la tarde del sábado en el Falcon Hypersonic de twitter, rebotada por Alberto Escalante, que tiene más de Hearns que de Hagler; entonces yo se la transmití a Rubén Uría, que es más Frazier que Ali, tanteando el terreno, yendo despacito, consciente de que acabaría tomándoselo como una cuestión personal; le dije: "Lo siento. ¿Sabes quién está enfermo?... Smo...", y no me dejó acabar la frase. Smokin, sí; el habitante de las "Malas Tierras", sí; el gladiador que vive en la mazmorra del destartalado gimnasio en el que preparó la batalla por la supervivencia del 75, un edificio ausente, una construcción que te invita a preguntar por dónde aparecerá la grúa que lo echará abajo de un momento a otro, el hogar de un campeón de otros tiempos.

"Ni el sol ni la muerte pueden mirarse fijamente", dijo en una ocasión, hace ya muchísimo tiempo, el escritor, aristócrata y militar francés François de la Rochefoucauld. Pero está claro que el Príncipe de Marcillac no conoció a Joseph William Frazier. En el decimocuarto asalto (de largo el más violento de los cuarenta y uno en los que ambos se vieron las caras, uno de los más ásperos de la historia del boxeo) del combate que le enfrentó a Muhammad Ali, Smokin miró de frente a la muerte y la sonrió. No conozco a nadie que ame el boxeo que no odie aquel asalto. No conozco a nadie que haya visto ese asalto que luego no comprenda por qué la gente se vuelve loca y muerde con tal de ver una buena pelea. No conozco a nadie que no sepa después de aquello por qué no hay ser humano en el mundo capaz de calarse el sombrero del viejo Joe.

Un consejo: si tienes el número del teléfono móvil de Frazier, úsalo y ponte rápidamente en contacto con él. Saltará el buzón de voz y le oirás decir lo siguiente: "Me llamo Smokin Joe Frazier, soy astuto como un zorro. Sí, floto como una mariposa, pico como una abeja, soy el hombre que lo hizo, ya sabes de qué hablo. Llámame. Adiós". Como yo sí sé lo que hizo no puedo, o quizás es que no quiera, creer de ninguna de las maneras que unas cuantas células malignas vayan a poder con él. Visítalo, Ali. Demuestra tu grandeza. Acaba de una vez por todas con esta tortura que ya dura demasiado. Decídete. Hazlo, hombre, antes de que el maldito cáncer cuente hasta diez. Dile todo lo que le tengas que decir. Al fin y al cabo estuvisteis a punto de morir juntos aquella noche en Manila.

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