El penúltimo raulista vivo

Si Mas hubiera abofeteado al Rey...

Entre placas y medallas de oro, plata y bronce, el Consejo Superior de Deportes repartió en 2014 un total de ciento ochenta y siete galardones. Y entre los premiados por Miquel Cardenall i Carro hubo, claro, algunos veteranos periodistas deportivos, de ahí que hoy sea más fácil encontrar una aguja en un pajar o un nuevo palo a la gestión de Florentino Pérez, que es el diablo y que además está a huevo, que una sola crítica al esperpento del sábado en el Camp Nou. De Villar, Del Bosque o Sánchez Arminio, que también asistieron en vivo y en directo a la humillación, no se puede esperar otra cosa que el silencio manso del cordero que va al matadero, pero del presidente del Consejo Superior de Deportes de España o del ministro que lo nombró, que también pululaban por allí como almas en pena, uno habría esperado mayor coraje. Como también habría sido deseable una dosis de dignidad por parte del presidente del Comité Olímpico Español, Alejandro Blanco, que aguantó el oprobio sin pestañear cual figura de cera del museo de madame Tussauds.

Para conocer el jaez del ínclito Cardenall acudiremos al artículo que firmó el 3 de marzo del año pasado en El País, y que tituló "Orgullosos del Barça". Todo está ahí. Ese día decía lo siguiente: "No haría honor a la responsabilidad que me han confiado si callara mientras un escudo que ha aportado a nuestro deporte tanto como el que más es acosado y acusado". Honor y responsabilidad en la misma frase, ¡toma ya!... A Cardenall no le importó en absoluto hacer el ridículo por el Barça, cuestionando incluso la fiabilidad de la justicia, y por eso no calló, pero el sábado permaneció en primer tiempo de saludo mientras pitaban el himno nacional de España y, de paso, insultaban al rey Felipe VI. Si, nada más arrancado el concierto, Su Majestad se hubiera dado media vuelta en el palco dejando a todo el mundo con un palmo de narices, los republicanos nos habríamos convertido en monárquicos y los monárquicos habrían gritado con orgullo "¡Viva España!" y "¡Viva El Rey!".

Ahora se reúne una Comisión. Más blablablá. Está visto que el Fútbol Club Barcelona tiene carta blanca para hacer lo que le venga en gana. Dudo mucho que alguien hubiera reaccionado si, fruto de la excitación al contemplar cómo se humillaba a España sin que nadie hiciera nada, Artur Mas hubiera abofeteado a Felipe VI. Si el presidente de la Generalidad hubiera abofeteado al Rey, el ministro habría seguido inerme en su sitio, Cardenall habría mirado para otro lado y Blanco se habría escondido debajo de su asiento. Si Mas hubiera abofeteado al Rey, Jaime Alfonsín habría emitido al instante un comunicado oficial pidiendo perdón a Cataluña y al Barça, defensores a ultranza de la marca España, y el jefe del Cuarto Militar se habría puesto a disposición de la Generalidad para reparar semejante ofensa. Si el Barça vuelve a jugar la final de Copa, el Real Madrid se negará otra vez a ceder su estadio, el partido se jugará en el Camp Nou, el Rey viajará de nuevo, nos insultarán a todos otra vez... y vuelta a empezar. Porque, llegados a este punto, habrá que reconocer que no se trata de la creación de una comisión sino de la ausencia de la nación.

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