El penúltimo raulista vivo

Selección: toca descolgar del salón el Van Gogh heredado del abuelo

Yo pertenezco a una generación de aficionados al fútbol que esencialmente ha visto perder más veces que ganar a su selección nacional. Siempre teníamos un buen equipo y con buenas individualidades, pero casi siempre acabábamos perdiendo. Cómo sería la cosa para que mi mejor recuerdo futbolístico de aquellos años vinculado a la selección fuera la clasificación para un Mundial, el de Argentina de 1978, logrado en el Pequeño Maracaná ante Yugoslavia, en el último suspiro y con gol cochinero de Rubén Cano. Porque, y aunque haya a quien pueda sorprenderle, antes España se clasificaba por los pelos para los Mundiales cuando no se quedaba directamente fuera de ellos. De modo que mi generación, más sufrida que la actual, no tenía caviar de primero y jamón de bellota de segundo sino que de primero tenía sopa de fideos (y clarita, o sea pocos fideos) y de segundo bocata de sardinas en aceite. Bien ricas.

Durante mucho tiempo, además, se produjo la inmensa paradoja de que, mientras la selección absoluta se estrellaba una y otra vez, las selecciones más jovenes conquistaban el mundo, sorprendían con su fútbol y ganaban títulos y prestigio. Perdía la absoluta y ganaban la sub-21, la sub-19, la sub-18, y cuando los chicos crecían y llegaban a la absoluta, la absoluta volvía a defraudar y eran precisamente los chavales que, por edad, relevaban a los que ya eran mayores los que volvían a conquistar el mundo. Ese sinsentido se solucionó con la segunda Eurocopa, porque antes hubo una primera, y luego la tercera y, sobre todo, el Mundial. Pero el Mundial lo ganamos en 2010, hace de eso ya una década, y la última Eurocopa en 2012, hace 8. Desde entonces la actual selección española se parece mucho más a la de mi infancia y juventud que a la de mi madurez: volvemos a defraudar, a caer antes de tiempo, tenemos buenas individualidades pero ahora ya no se sabe si jugamos al "¡a mí, Sabino, que los arrollo!" o al tikitaka. La actual selección nacional es un híbrido, un quiero y no puedo, y a ocho meses de que se dispute otra Eurocopa no sabemos si Luis Enrique va o viene, si quiere ser toro o prefiere ser torero, si apuesta por el fútbol de los Xavi, Alonso, Iniesta y compañía pero sin los Xavi, Alonso, Iniesta y compañía o si quiere regresar a los orígenes. La tan cacareada "evolución" de Luis Enrique se está quedando en una simple declaración de intenciones, un brindis al sol.

Sucede además que, desde los fracasos de 2014 (aquel debido a la ineptitud de Del Bosque que ni quiso, ni supo ni se atrevió a propiciar el cambio) y de 2018 (ese promovido por el afán de protagonismo de Luis Rubiales) me parece que en nuestro inconsciente colectivo sigue instalada la idea de que seguimos siendo los vigentes campeones mundiales y de Europa cuando ese tiempo, desafortunadamente, ya pasó. Tampoco sabemos a qué quiere jugar España. Ni mucho menos conocemos con quién quiere hacerlo Luis Enrique, que ha abierto tantísimo el abanico que ya hemos perdido la referencia y, sin ella, empieza a calar el desinterés. No ayuda la competición, eso también es cierto, pero si a eso le añadimos el hecho de que no sabemos a qué jugamos ni con quién lo hacemos, el resultado es desilusionante. Luis Enrique, que probablemente sea el mejor seleccionador que puede tener ahora mismo España, también tiene sus filias y sus fobias y hay mucha gente que no se explica a santo de qué puede continuar siendo David de Gea, que ha demostrado que la titularidad le viene muy grande, nuestro portero.

España tiene que reconvertirse, reinventarse, reciclarse y renovarse y, ahora sí que sí, apostar. Apostar por jugar con un 9 clásico, que los hay, o por no hacerlo. Apostar por los jugones, que los tiene, o por un centro del campo más estajanovista. Decidir si quiere jugársela con De Gea o si prefiere abrir el melón sucesorio. Y nosotros, aficionados y periodistas, también debemos readaptarnos a la nueva situación, que para la gente de mi generación es una vieja y conocida situación, la situación histórica clásica de la selección nacional absoluta, y esa nueva situación es la de que, en Europa, hay al menos cuatro o cinco selecciones que están un peldaño por encima de la nuestra. Lo que tenemos que hacer, aunque nos duela porque nos habíamos acostumbrado a la buena vida, es descolgar del salón El campo de trigo con cipreses de Vincent van Gogh que heredamos del abuelo y sacarlo a subasta. Ya no podemos mantenerlo, no llegamos a final de mes. En su lugar, una lámina de Objetivo: la Luna de Tintín... y arreando. Volverán tiempos mejores. Ahora toca sufrir.

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