El penúltimo raulista vivo

Se pitó el 'God save the Queen': a Canaletas a celebrarlo

Siempre he creído, y aún creo, que entregarle a Luis Enrique la selección nacional española fue una temeridad. Ojo, no lo digo ahora después de la derrota ante Inglaterra en casa, no, lo dije desde el primer día. Tampoco lo dije porque Luis Enrique sea un antimadridista de tomo y lomo, y a sus declaraciones cuando era técnico del Barça me remito; ni porque, estando en Barcelona, coqueteara con el independetismo más cutre, que a mi modo de ver es el independentismo de alguien que, como es su caso, ni siquiera nació en Cataluña. Como Javi Clemente, Luis Enrique no es un hombre de consenso, y no lo es por la sencilla razón de que no lo busca, no lo quiere, él busca la colisión, le gusta bailar con la más fea, disfruta haciéndose notar y haciéndonos notar también a los demás que está ahí, que es el nuevo rey del mambo, el rey del cortijo: la selección nacional como una propiedad privada.

El caso es que, a pesar de todas estas prevenciones iniciales y salvo algunas cuitas personales (la de Jordi Alba es la más significativa y aún no aclarada) la España de Luis Enrique jugó muy bien al fútbol... hasta ayer. Incluso en la victoria y aún siendo receptor de los mayores elogios, y casi unánimes, el seleccionador tuvo alguna recaída como, por ejemplo, cuando el otro día, soberbio y chulesco como es él, dijo que éramos todos tan malos que no acertaríamos ni uno solo de los jugadores del once inicial que saldría contra Inglaterra, como si a alguien le preocupara eso. Ese aire de perdonavidas se le pasará por alto a Luis Enrique... si la selección gana, pero si, como sucedió ayer, España pierde, comprobaremos cómo volverán las oscuras golondrinas en tu balcón sus nidos a colgar. Anoche vi completa la rueda de prensa del seleccionador y estuvo bien mientras se ciñó a lo suyo, al fútbol, pero cuando abandonó esa linde se convirtió en lo que es, un showman sin gracia.

También había ganas, desmedidas en mi opinión, de resaltar la evolución inicial de la nueva selección luisenriquiniana para pegarle un palito indirecto a Julen Lopetegui. Del mismo modo que la afición inglesa no le perdona a Ramos que el Real Madrid le diera sopa con hondas al Liverpool en la última final de la Champions, un sector más o menos amplio del periodismo patrio no le perdona a Lopetegui que fichara por el Real Madrid. Así que en el fondo, yendo al poso del elogio, más que aspectos puramente futbolísticos no encontraríamos otra cosa que no fuera el rastro de la inquina hacia Julen por haber elegido lo que en su momento entendió que era mejor para él. Luis Enrique, Lopetegui y Luis Rubiales al margen, yendo a lo que interesa, España fue anoche en la primera parte un festival defensivo del que se benefició un 9 que, además de 9, puede jugar como 10 u 11, Harry Kane, un delantero total que se sirvió y bastó él solo para acabar de un plumazo en 45 minutos con la imbatibilidad de España. En la segunda parte, Luis Enrique no mató a sus jugadores, que es, al parecer, lo que debería haber hecho según sus propias palabras, y, también en su opinión, estuvo maravilloso porque del 0-3 se pasó a un 2-3 que, al paso que vamos, tendremos que ir a celebrar todos a La Cibeles.

Para redondear la faena de un mal día, en el Benito Villamarín se pitó el God save the Queen. No es que en España no tengamos tradición de selección, no; en España no tenemos tradición de nación y si no nos queremos a nosotros mismos es muy complicado que respetemos a los demás. Reprobable actitud de aquellos que pitaron el himno nacional inglés, lo que, además, ha servido a los de siempre para mezclar churras con merinas. El Benito Villamarín pitó ayer, el Camp Nou pita siempre. El Benito Villamarín no pide nunca la independencia, el Camp Nou la pide siempre. Si en el Benito Villamarín se disputase una final de Copa, Su Majestad el Rey sería recibido entre aplausos, en Camp Nou le recibirían con insultos y, de jugarse la final en campo neutral y dependiendo del rival, el estadio se convertiría en un akelarre independentista. En España tenemos un grave problema de educación, que quedó obviamente constatado ayer en Sevilla con la actitud de aquellos que ofendieron un símbolo nacional. Si a aquellos que miran hacia otro lado cuando quien pita es la afición del Barça y el pitado es el himno nacional español les sirve de consuelo que este lunes se pitara el Dios salve a la Reina, enhorabuena a los premiados y felicidades a los cobardes que silban El puente sobre el río Kwai cuando, una y otra vez, y otra más, se insulta al Rey y se nos ofende a todos los españoles. A Cibeles no, id a Canaletas a festejarlo.

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