El penúltimo raulista vivo

¿Se me queda o no se me queda?

A Pep Guardiola, el mismo que dignificara como capitán culé la Copa del Rey de 2000 yendo a comunicarle a Díaz Vega que el Barcelona no saldría al campo para jugar contra el Atlético de Madrid, se le consintió en su día la boutade de ir renovando su contrato temporada a temporada y lo cierto y verdad es que sus éxitos en el banquillo, por un lado, y el tremendo poder que ha ido adquiriendo año tras año han consolidado como absolutamente normal un hecho que no deja de ser inédito en el fútbol europeo y me atrevería a decir que también en el mundial. Tal y como yo lo veo, el gran problema del club que preside Sandro Rosell (con quien aseguran las malas lenguas que Pep, que es un "laportista" declarado, mantiene una relación de "hola" y "adiós") es que cuanto mayores son las parcelas de poder que va acumulando el entrenador, mayor es también la tardanza por parte de éste a la hora de decidir si continúa o no continúa un año más al frente del equipo.

Así las cosas, cuando ya casi hemos alcanzado el mes de marzo, un club con un presupuesto de 400 millones de euros está congelado, paralizado, frenado a la espera de que Guardiola haga una señal en uno u otro sentido con objeto de adoptar una decisión que acabará resultando de todo punto crucial; y, como sucede con la ceremonia de apareamiento del pavo real, ahí tenemos al "probe" Rosell y a sus muchachos atentos al preciso instante en que al entrenador, que al fin y al cabo no debería ser más que un empleado del club, despliegue al fin sus alas para indicar que "sí", o, al contrario, las mantenga replegadas para manifestar que "no". La tensión es máxima y Guardiola, que nadie logrará quitarme de la cabeza que es un actorazo y que dejaría en mantillas al mismísimo José Coronado si se lo propusiera, se va creciendo y en sus ruedas de prensa va asemejándose cada vez más al responsable de neurocirugía del Mount Sinai Hospital de Nueva York dando sus explicaciones sobre una operación dificilísima y a vida o muerte.

La cosa tendría su gracia si no fuera porque a uno le da dentera ver a una institución deportiva de la importancia del Barcelona pendiente del clavo ardiendo de Pep. Y resulta inevitable pensar qué sucedería si José Mourinho, que al fin y al cabo no se crió en la ciudad deportiva del Real Madrid, le hubiera puesto a Florentino Pérez como una de sus condiciones para fichar por el club la de ir renovando año a año su contrato: ¡si tanto a uno como a otro les matan a diario por haber firmado por cuatro!... Mi opinión es que Guardiola sabe que seguirá pero, si me permiten ustedes la vulgaridad, le "pone" un montonazo eso de bajar las escaleras al estilo de la Swanson en El crepúsculo de los dioses. Y, ahora que Pep ha puesto de moda la expresión, sería aconsejable que Rosell fuera pensando en dignificar un poco su presidencia y se atreviera a llamar a la puerta de quien realmente manda para preguntarle lo que la solterona, harta de sacar pastitas de té, inquirió al dubitativo pretendiente en la obra de los hermanos Álvarez Quintero: "¿Se me queda o no se me queda?"...

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