El penúltimo raulista vivo

Saber que se sabe lo que se sabe

La buena noticia es que, tras la intervención de anoche de Schuster en El Tirachinas, no habrá que analizar el esputo del alemán para determinar la causa exacta de su tos del martes pasado; el carraspeo se debió, según parece, a una leve irritación de garganta: tres caramelos Pectol y a la cama. La mala noticia es que, después de la rectificación de sus palabras, (con lo que eso debe costarle a alguien que tuvo los redaños suficientes como para renunciar jovencísimo a su selección tras negarse a jugar un partido amistoso con Alemania después del nacimiento de uno de sus hijos) no he visto que la prensa deportiva recoga el autodesmentido con la misma profusión de datos y parecida o similar riqueza tipográfica. Schuster, y esa es la noticia agradable de la mañana, está sano y la contracción esposmádica repentina de su cavidad torácica no tiene su orígen en sinusitis, rinitis, faringitis o laringitis alguna. Pero, y esa es la mala noticia de este martes que acabamos de estrenar como quien dice, su tos hizo daño a alguien que cometió el crimen de lesa humanidad de pasar por allí en aquel preciso instante.

La explicación de Schuster -que era uno cuando entrenaba y ahora es otro bien distinto en su nuevo papel de comentarista, más chisposo y cercano, un tío realmente divertido y con una vis cómica que yo creo que debería explotar- fue tan rocambolesca como algunas de sus alineaciones y posteriores lecturas del partido en la sala de prensa: "yo no he dicho Raúl. ¿Por qué tenía que ser Raúl?"... Pues tenía que ser Raúl, querido Bernardo, porque José Antonio Abellán te preguntó por él y no por Casillas, Marcelo, Sneijder, Gago, Higuaín, Robben o cualquier otro componente de la plantilla madridista de aquel momento, y tú tosiste alto y claro en lugar de negar la mayor. Y luego, plenamente consciente del notable ruido que había provocado esa irritación tuya de garganta, has consentido que tu tos recorriera España de arriba abajo sin mover ni uno sólo de tus dedos. Raúl, como siempre, ha permanecido callado para evitar que le imputaran otro delito deportivo aún mayor que el anterior.

Para ir concluyendo, que tendrán ustedes cosas que hacer y no quiero molestar más, diré que yo sigo a poquísimos colegas de la prensa deportiva escrita. Leo a José Damián González (La Gaceta), Joaquín Maroto (As) y Roberto Palomar (Marca). Pocos más. Ninguno más en realidad salvo, aunque intermitentemente, a Alfredo Relaño. Con los dos primeros coincidí tiempos ha, cuando todos estábamos más locos y este trabajo era más libre, y con Roberto tengo la suerte de discutir casi todas las noches. Me sorprendió, y así se lo diré a él mismo si existe ocasión, que en su brillantísima sección de No me gustan los lunes, dijera que Schuster no había estado elegante, que se le podía acusar de desleal, de bocazas y de indiscreto, para acabar preguntándose en voz alta: "pero ¿y si fuera verdad?"... Yo también me quiero preguntar algo en voz alta: ¿y si fuera mentira, qué pasaría si fuera mentira?... Y Palomar sigue: "ya lo dijo Confucio: cuando alguien pone el dedo en la llaga, sólo los tontos piensan que lo importante es el dedo". ¡Son tantísimas las frases atribuídas a este gran filósofo chino!... Ahí va una: "Saber que se sabe lo que se sabe y que no se sabe lo que no se sabe; he aquí el verdadero saber". Y otra: "Lo que no quieras que los otros te hagan a ti, no lo hagas a los otros". Grande Confucio, vale igual para un roto que para un descosido; aunque el descosido venga provocado por un ataque de tos. 
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