El penúltimo raulista vivo

Rosell Confidencial

En un intento desesperado y ciertamente ridículo de darle torticeramente la vuelta a una situación complicada tanto para él como para su junta directiva, Sandro Rosell clamó anoche eso de "le pido por favor al juez que me llame a declarar". No, no, no, de ninguna manera, las cosas no funcionan así: si Rosell acaba declarando en la Audiencia Nacional lo hará a rastras y porque no le quede más remedio, lo hará porque las evidencias en su contra son apabullantes, lo hará después de su intento de escudarse en la famosa "cláusula de confidencialidad", lo hará tras regatear a la Asamblea de socios compromisarios culés. De no haber sido por la tenacidad de un socio, sólo uno, el misterio del contrato de Neymar habría pasado a engrosar la lista de Expedientes X junto al del monstruo del Lago Ness o el Triángulo de las Bermudas. Rosell no declarará porque quiera sino porque le obligan.

Y si ahora se resuelve, si acabamos sabiendo qué se pagó y por qué, no será por las facilidades que ha dado el presidente Rosell, que ha puesto mil zancadillas por el camino, sino porque el señor Jordi Cases se levantó un día con el pie izquierdo y con las ganas, el tiempo y el dinero suficientes como para entablar él solito una batalla desigual contra el sistema: a este caballero habría que erigirle un monumento en el Camp Nou. No hay más que echarle un vistazo a la lamentable rueda de prensa que los responsables del club catalán ofrecieron ayer para llegar fácilmente a la conclusión de que están llevando mal, muy mal, el "caso Neymar". Si hay alguien que tiene que estar especialmente contento con todo esto es sin duda Joan Laporta porque le están sirviendo la presidencia en bandeja de plata.

Hay quien dice que tanta opacidad en el contrato de Neymar es debida al temor que la actual junta directiva tiene a que los Messi se enteren de lo que cobra realmente el brasileño. Yo creo que eso podría explicar una parte del misterio pero no indudablemente todo. El miedo a la reacción de Messi, que haberlo haylo, lo encarna el pobre Javier Faus, el kamikaze que osó llamar "señor" al argentino con un tonito que no gustó en el entorno familiar del auténtico presidente culé. La actitud genuflexa del vicepresidente económico del Barcelona, su humillación en vivo y en directo ante el jugador, pasó inadvertida entre tanto escándalo pero fue muy desagradable. Faus sabrá si le vale la pena arrastrarse de ese modo por continuar en una junta que ya está amortizada. A mí, sinceramente, me dio lástima. Ningún futbolista, por muy bueno que sea, merece que uno arrastre así la lengua por el suelo.

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