El penúltimo raulista vivo

Caras nuevas

Miguel Muñoz es una verdadera rareza en el Real Madrid. Estuvo catorce años seguidos entrenando al primer equipo y no se quemó. Claro que, por aquel entonces, la presión de los medios de comunicación no era la misma que ahora y la gente no estaba tan pendiente. Aquello sí que fue un proyecto "a la inglesa", y encabezado además por un hombre de la casa, un símbolo del mejor Real de todos los tiempos. Después de Muñoz llegaron Molowny, Miljanic, Boskov, Di Stéfano, Amancio, Beenhakker, Toshack, Antic, Floro, Del Bosque, Valdano, Arsenio Iglesias, Capello, Heynckes, Hiddink, Queiroz, Camacho, García Remón, Luxemburgo, López Caro, Schuster, Juande Ramos, Pellegrini, Mourinho y, por último, Carlo Ancelotti. Algunos, como Molowny, a quien se recurría siempre que se encendía el pilotito rojo, repitieron varias veces.

Veinticinco entrenadores distintos a lo largo de cuarenta años, treinta y cuatro veces cambió de entrenador el club blanco en todo ese tiempo. La media es espectacular: un entrenador cada 1,1 años desde 1974. Ninguno de estos veinticinco entrenadores fue especialmente querido por la afición, salvo probablemente el penúltimo, que luego acabaría siendo odiado, y eso ha sido tradicionalmente así porque en el fondo el madridismo siempre ha pensado para sus adentros que el técnico es un mal necesario y que son los futbolistas quienes cortan en realidad el bacalao. Algunos no se hicieron querer y otros fueron por el club "como una maleta", como diría Alfonso Azuara. A Antic se le despidió yendo primero en la Liga, y aquello acabó como acabó, y a Heynckes, el posterior armador del Bayern supercampeón, se le echó a la calle tras conquistar la séptima Copa de Europa tras 32 años de sequía.

Con esto quiero decir que el banquillo del Real Madrid es un avispero, un barril de pólvora, un toro mecánico. La gente se cansa de las mismas caras y quiere otras nuevas... aunque sean peores. Y como el Real Madrid tiene que ganarlo todo siempre se cambia mucho y muy rápido, demasiado. La novedad resulta excitante aunque luego sea un completo desastre. Por ejemplo: se echó a Beenhakker, que venía de ganar tres Ligas, para traer a Floro, que venía de hacer grande... ¡al Albacete!... Tirando de estadísticas, Ancelotti ya está por encima de la media de supervivencia en ese banquillo. También influye la suerte, claro. Es posible que, de no ser por el milagroso cabezazo de Ramos en Lisboa, el banquillo del Real Madrid lo ocupara hoy Jürgen Klopp, el hombre de moda por aquel entonces y que tiene ahora mismo al Dortmund clasificado en la decimosexta posición de la Bundesliga. Es posible.

Todo el mundo sabe lo que pienso: el proyecto bueno era indiscutiblemente el de José Mourinho. Tendría que haberse peleado más para convertir al portugués en el Miguel Muñoz del siglo XXI pero Mou se volvió insoportable para un sector mayoritario del periodismo deportivo y muchos madridistas se dejaron arrastrar y acabaron picando el anzuelo. Ancelotti es, con sus cosas buenas y sus cosas menos buenas, uno de los tres, cuatro o cinco entrenadores a nivel mundial que pueden dirigir al Real Madrid, no en vano le ha convertido en campeón de Europa. Cuando me hablan de Mourinho siempre respondo lo mismo: "fue bonito mientras permitieron que durase", y añado: "Pero Mou no volverá jamás". Entre las cosas buenas que tiene Ancelotti, y que le convierten como decía en uno de esos técnicos que puede entrenar al Madrid, está el hecho de que no le parezca sorprendente que hoy, con el equipo líder en la Liga y campeón de Europa y del mundo, se hable de crisis. No creo que Carlo vaya a ser el Muñoz del siglo XXI pero se merece un respeto y ha ganado La Décima, un aval más grande que la catedral de Milán. Pero la gente ha empezado a exigir caras nuevas y ese insaciable apetito ya no lo apagarán ni La Undécima ni La Decimosegunda ni La Decimotercera.

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