El penúltimo raulista vivo

Queiroz quiere que le pongan una estatua

Hubo un tiempo, reciente aún en la memoria, en el que el Real Madrid, ya fuera por desgana, aburrimiento o, lo que sería mucho peor y más inquietante para su legión de aficionados, puro desconocimiento, encargó la dirección de la primera plantilla de su equipo de fútbol a auténticas medianías, entrenadores sin el caché y la experiencia suficientes para tan complicada misión. He de reconocer que, al contrario de lo que sucedió con el pianista y showman brasileño Vanderlei Luxemburgo, el del "¡hala Madrid!" a tanto la letra, Carlos Queiroz, alias Ascot, alias Windsor, alias Shelby, probablemente uno de los dos o tres hombres que mejor saben hacerse el nudo de la corbata en todo el mundo, dejó aquí, entre aquellos que pudieron trabajar con él, una buena imagen. La mía, sin embargo, no puede ser peor: pasó sin pena ni gloria por el banquillo del mejor club del siglo XX según la FIFA, hablando bajito y despacio, lo que habitualmente suele confundirse con ser educado, y sin hacer nada que cualquier otro hubiera podido hacer en su lugar. Vino de ser segundo y se fue para seguir siéndolo, siempre a la sombra de Ferguson, otro pianista como Luxemburgo.

Comprendo que, en el caso de Cristiano Ronaldo, Queiroz deba tomar partido por el club que le paga en la actualidad en contra del club que le pagó, demasiado bien a mi juicio, en el pasado, lo que no entiendo tan bien es que, con la excusa del caso Ronaldo, don Carlos, que debería ir besando el suelo que pisa Florentino Pérez, el presidente que cometió la locura de traerle aquí a entrenar, acuse al club y a los aficionados madridistas de no saber lo que es el reconocimiento y de ser unos desagradecidos. Quiero dejar bien claro que, como en los casos del propio Luxemburgo o el más lejano de Benito Floro, los culpables no fueron ellos sino quien les llamó, pero si algo demostró el club con esos ilustres desconocidos fue precisamente un reconocimiento desproporcionado, un agradecimiento elefantiásico hacia unos historiales profesionales minúsculos. ¿Qué ha hecho Floro después de entrenar al Madrid? ¿Y Queiroz? ¿Acaso cabe un reconocimiento mayor que entregarte a ciegas una de las plantillas más caras del mundo?

El Real Madrid fue tremendamente injusto con sus propios socios y aficionados trayendo a Queiroz, y éste acusa ahora al club de falta de agradecimiento porque, un año después, F.P. subsanó el error cometido doce meses antes y se lo devolvió al secador de pelo envuelto con un lacito. ¿Cobró Queiroz? Hasta el último euro. ¿Se hizo famoso Queiroz a costa del Real Madrid? Por supuesto: hasta entonces sólo le conocían Figo y tres gatos más de Manchester. ¿Vivió en España a cuerpo de rey? Naturalmente: vivió aquí como el mismísimo Mukesh Ambani. ¿Ganó algo? Nada, no ganó nada. ¿Qué quiere? ¿Que levanten una estatua de mármol en su honor? ¿Que le pongan su nombre al estadio Santiago Bernabéu? Cristóbal Colón no sería español, aunque descubrió América en nombre de España y con su dinero. Por cierto que él sí tiene algunos monumentos erigidos en su nombre, uno en Madrid, otro en Barcelona, otro en Manhattan. Pero hasta Queiroz podrá reconocer que, entre el descubrimiento de América y pasar de puntillas, elegante y prescindible, por el banquillo del Real Madrid, todavía sigue existiendo alguna diferencia.
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