El penúltimo raulista vivo

Príncipes de Europa, reyes del mundo

Salta a la vista que el fútbol ha acabado imponiéndose a las medias verdades, los atajos y el kárate en el Mundial de Sudáfrica. España salió siempre a jugar al campo a pecho descubierto, sin ases en la manga, sin trampa ni cartón, mientras que el resto de equipos rivales, hasta llegar al extremismo de Holanda (¡quién la ha visto y quién la ve!) lo hicieron en función de su potentísimo rival, amedrentados y acomplejados, dando por hecho que eran inferiores y que para sacar los partidos adelante tenían que jugar a otra cosa. No existe en el mundo mejor campaña de marketing para el deporte más universal que un quiebro de Iniesta, una parada de Casillas o un gol de Villa y, por el contrario, no hay cosa que le haga más daño que un patadón de Van Bommel o una "caricia" de Heitinga. Está claro que el Mundial tiene un justo campeón, sobre eso no hay duda.

Pero es que, por si no fueran suficientes el fair play y el buen juego exhibido, esta selección española está integrada además por gente corriente. Acostumbrados a la pompa, el boato y la prosopopeya de tanta estrellita de medio pelo o de pelo entero, jugadores de fútbol que salen con piercing y mechas de fábrica, llama poderosamente la atención encontrarse con tantos buenos chavales dispuestos a hacer añicos el protocolo porque sí, porque la atención lo requiere así, por agradecimiento, por cariño o por pura y simple lealtad. Ahí están sin ir más lejos los casos de Sergio Ramos y Jesús Navas recordando a Antonio Puerta, el beso de Iker a Sara Carbonero en mitad de una entrevista de Tele 5 o el gesto de Iniesta quitándose la camiseta tras el gol más importante de su vida y mostrando el nombre de Dani Jarque, el amigo ausente.

Puede que ahora, con la Copa del Mundo recién aterrizada en Madrid, nos demos cuenta de lo realmente importante y acertado que ha sido tener sentado en el banquillo a un hombre que jamás hace ruido, un entrenador capaz de acoplar a tanta gente extraordinaria y corriente al mismo tiempo, gente especial y sencilla. A Vicente del Bosque le incomoda el protagonismo, no quiere fotos, ni homenajes ni tampoco que le lancemos flores o le lavemos los pies. A Del Bosque, el más corriente de todos, le molesta tantísimo el jabón que seguro que le habría gustado poder evaporarse en el instante justo en que Webb pitó el final de la final. Esta selección es admirable por su perfecta interpretación del juego, sí, pero sobre todo por su normalidad, y eso sin tener que renunciar a su principado en Europa y a su reinado en el mundo.

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