El penúltimo raulista vivo

Pose de invencible

Cuando yo jugaba al tenis, Björn Borg era la estrella. Tiempo atrás, cuando Rod Laver, el tenis era un deporte de caballeros, pero de repente una noche lo invadieron los americanos sin previo aviso y todo el mundo se levantó mascando chicle y vistiendo raro. El envite sólo fue capaz de soportarlo Wimbledon, que tenía más prestigio que Madison y Monroe juntos y obligaba, y sigue obligando, a los jugadores a ir de blanco riguroso. Ni siquiera Agassi, que lo intentó, fue capaz de saltarse el protocolo; en castigo a su descaro, años después se supo que llevaba extensiones para disimular su incipiente calvicie. Pero volvamos a Borg. Borg no llevaba peluquín y cuando Miguel Vila, el de La casa del reloj, vaticinó que un palillito de Estocolmo de dieciséis años se iba a convertir en uno de los mejores tenistas de la historia aquello sonó muy raro porque Suecia era conocida por los vikingos, por los Nobel y por las suecas, sobre todo por las suecas, pero no por el tenis. Pero Vila ("quédense con este nombre: Björn Borg") tenía razón, y Borg se convirtió en uno de los dos o tres mejores tenistas de la historia.

Entonces Borg estrenó con éxito en los mejores Grand Slam de todo el mundo un nuevo estereotipo: el del tenista callado, educado y silencioso que jamás discutía una decisión del árbitro o los jueces de línea. Sí porque Borg se enfadaba para adentro. Una vez, en unas semifinales de Wimbledon contra Connors, le indicaron como malo un primer servicio que había sido claramente bueno; Borg amagó entonces con discutirle al árbitro su controvertida decisión pero debe ser que se lo pensó mejor y, en lugar de eso, decidió marcarse cuatro aces seguidos que le otorgaron aquel juego y al final el partido. Al contrario que McEnroe, el de Borg era un enfado contenido y constructivo, un rebote que le ayudaba a ser mejor tenista incluso en los momentos más complicados. Leo con orgullo que Borg dice que Rafa Nadal tiene "pose de invencible" y que sin duda alguna va a ser considerado el mejor tenista de la historia. Emocionante.

Ya no estoy en esa etapa de mi vida en la que uno se dedica a forrar como un poseso su habitación con carteles de deportistas y cantantes famosos y chicas, muchas chicas. La mía, mi habitación, la presidía el señor Borg. Yo, que al contrario que Agassi nunca me he comprado extensiones, puedo reconocer sin ruborizarme que sentía auténtica adoración por aquel jugador de tenis. Si no fuera porque Björn afortunadamente vive y porque no creo en ella, pensaría seriamente en la posibilidad de que Nadal fuera la reencarnación de aquel sueco que se enfadaba para adentro. Sólo soy capaz de distinguirles por una cosa, y es que nuestro Rafa sabe llorar sobre la pista después de haber sufrido lo indecible fuera de ella. "La duda ofende", respondía cuando alguien me preguntaba si Nadal volvería a ser alguna vez el número uno del mundo. Puede que a él, victorioso en mil batallas, también le ofendiera la duda. Rafael Nadal no ha vuelto porque jamás se fue. Y sí, tal y como dijo Borg, él también tiene esa pose de invencible, no la fingida del Príncipe Baltasar Carlos a caballo que pintó el divino Diego Velázquez sino la auténtica del gran campeón, uno entre un millón, uno entre varios millones.
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