El penúltimo raulista vivo

Por amor a los colores

Ya lo dijo Aristófanes hace más de 2.400 años: "la desconfianza es madre de la seguridad". En 1800 apareció Édouard René Lefebvre de Laboulaye y advirtió que todas las leyes que se dictan tienen por base la desconfianza y ninguna descansa en la virtud de los ciudadanos... ¡Qué bonito sería poder dejar abiertas de noche las puertas de nuestras casas sin temor a que nadie entrara a quitarnos lo que es nuestro!... Sería bonito pero resulta imposible, un ideal, un sueño. Las denominadas cláusulas de rescisión del contrato de los deportistas profesionales tienen precisamente como principal fundamento esa desconfianza a la que hacía referencia el político y jurista francés hace más de dos siglos y buscan otorgar a los clubes de fútbol, si es que del "deporte rey" hablamos, una seguridad que ya anhelaban los griegos en los tiempos de Aristófanes.

El amor o la fidelidad a unos colores tenía sentido en los viejos tiempos. Por aquel entonces los futbolistas que llevaban muchos años en el mismo club firmaban en blanco y si el eterno rival llamaba a su puerta ofreciéndole el doble le echaba con cajas destempladas. George Bernard Shaw lo explicó de una forma que yo no lograría ni tirándome aquí tres días: "El dinero no es nada, pero mucho dinero, eso es otra cosa". El fútbol movía poco dinero en los viejos tiempos, pero desde hace diez años esto se ha desmadrado de tal forma que cuando acudimos a la presentación de un futbolista y este dice eso tan típico y tan tópico de que siempre había soñado jugar allí, todos nos echamos a reír. Salvo contadísimas excepciones, los futbolistas se han convertido en mercenarios que juegan por dinero y los clubes más ricos les colocan cláusulas de rescisión imposibles para impedir así que puedan tener la tentación de largarse a otros clubes más ricos que ellos.

Acabamos de saber que el Fútbol Club Barcelona va a mejorar por quinta vez el contrato de Leo Messi pero que, a cambio, va a incrementar su cláusula de rescisión de 150 a 250 millones de euros, pasando así a convertirse en el jugador mejor pagado de la plantilla azulgrana. Si 150 millones de euros ya parecían un excentricidad incluso para Florentino Pérez, que parece capaz de todo o de casi todo, los 250 supondrían un escollo financiero bastante serio hasta para Bill Gates, Carlos Slim y Paul Allen juntos. Bueno, quizás para ellos no lo fuera pero, que se sepa, todavía no les ha dado por invertir parte de sus fortunas en el mundo del fútbol. El apabullante incremento de la cláusula de rescisión de Messi cuenta, por supuesto, con el visto bueno del jugador que ahora pasará a cobrar cerca de 11 millones de euros, más el 30 por ciento por incentivos. Parece imposible que nadie dé más. Y, de paso, Laporta apaga de golpe y porrazo ese imperceptible aunque molesto run run, inapreciable pero insistente, que decía que Florentino aparecería a las once y media de la noche del 31 de agosto en la sede de la Liga de Fútbol Profesional con los 150 millones de marras. Messi cobrará lo que Ronaldo aunque, a diferencia del portugués, el argentino seguirá explotando en exclusiva sus derechos de imagen. El clausulón espantará a las moscas y Leo se jubilará en el Barça por amor a los colores. Como por otro lado hacen todos. Quedan tan lejos los viejos tiempos. 
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