El penúltimo raulista vivo

Perdón, désolé, sorry, bekümmert, spiacente, kurb, sajnálat, beklager, desculpe, üzgünüm

Ya lo decía Esopo hace 26 siglos: las palabras que no van seguidas de hechos, no valen nada. Aquí, en el Atlético de Madrid, habla todo el mundo. El presidente se sonroja, los entrenadores se avergüenzan, los jugadores se disculpan y la afición se manifiesta, pero, tras dejar exhausto el diccionario de la Real Academia Española, nada cambia, todo sigue exactamente igual... de mal. "Pido perdón". Esa es la frase más repetida en el estadio Vicente Calderón y sus alrededores. Todo el mundo pide perdón. Enrique Cerezo pide perdón. El técnico de turno pide perdón. Lo primero que les enseñan a los nuevos jugadores nada más llegar a España es a pronunciar la palabra "perdón". Nada de "¡pásamela!" o "¡mía, mía!"... Ni siquiera los tacos de toda la vida. "Perdón". Me estoy imaginando a Fran Mérida ensayando en su casa de Londres delante del espejo, cantando aquella mítica canción de Camilo Sesto: "perdóname, perdóname, perdóname"...
 
Los futbolistas ya llegan sabiendo muy bien lo que se van a encontrar: un club deprimido institucionalmente y abandonado a su suerte en el plano deportivo, un club del que ya no se espera otra cosa que no sea seguir un año más en Primera Divisón, un club desde el que se sabe pedir perdón en diez idiomas distintos: perdón, désolé, sorry, bekümmert, spiacente, kurb, sajnálat, beklager, desculpe, üzgünüm. La fama negativa del Atleti cruza fronteras. Pero esa palabra, como el resto de ellas, también termina por perder todo su sentido porque no va seguida de hechos. Los propietarios seguirán siendo los mismos. No cambiará el presidente. Vendrán el Tiago o el Salvio de turno, se irá el Kun, que es lo único que tiene el Atlético de cierto valor, y la próxima temporada, tras un desastre parecido al del Nuevo Colombino, Cerezo pedirá perdón, Quique, si es que sigue, secundará al presidente en su moción, y estos futbolistas u otros distintos repetirán lo mismo que llevan repitiendo tantos y tantos antecesores suyos.

Acabo de darme cuenta de que el Atlético de Madrid es un club triste. La tristeza ha invadido las gradas, el palco, los vestuarios... Hasta el Manzanares es un río triste. Quique, que aunque no haya solucionado absolutamente nada al menos tiene el "valor" de hablar claro, se ha convertido en un hombre huraño, una suerte de Mister Scrunch futbolístico, y eso se transmite al terreno de juego. Ayer, sin ir más lejos, tomó una decisión muy triste al sustituir en el minuto 23 al chaval Cedric nada más haber cometido un penalti. O Quique le explica al chico que su decisión fue fruto de la ofuscación que le produce la inmensa tristeza que le han contagiado sus compañeros de vestuario, o, de lo contrario, puede haberse cargado a un futbolista con futuro. Para reencontrarse consigo mismo, con objeto de perseguir a la carrera las lejanísimas sombras de los Gárate, Pereira, Luis o Adelardo, a este club no le queda otra solución que darle un giro total a la situación, y eso, desafortunadamente, no va a suceder. De forma que, colchoneros de todo el mundo, prepárense para seguir recibiendo también, aunque yo no tenga nada que ver con el jaleo, mis más sinceras disculpas. Pido perdón. Es gratis.
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