El penúltimo raulista vivo

Pepu y Sánchez Vicario: se veía venir

Pepu Hernández, que tanto ha hecho por la selección española de baloncesto, se equivocó el viernes al anunciar con alevosía y nocturnidad, mientras José Luis Sáez veía el partido de semifinales del Tau en la Final Four, que abandonaría el puesto a la finalización de los Juegos de Pekín. Emilio Sánchez Vicario, el eterno hermanísimo, erró al plantearle el sábado a Pedro Muñoz que dejaría la capitanía de Copa Davis si el presidente insistía en tomar él sólo la decisión de elegir una sede para la semifinal contra Estados Unidos del próximo mes de septiembre. Semejante reacción era imprevisible en un hombre que, como Pepu, se ve obligado a tomar muy rápidamente muchas decisiones, y la mayoría con criterio, durante un partido; sí es cierto que, a la conclusión del Europeo del año pasado, salieron a la luz diferencias que a todos, salvo a los principales protagonistas, se nos antojaron insalvables.
 
Hernández probablemente tenía razón en 2007 y es posible que Sáez la tenga en 2008. Pepu está pensando en sí mismo cuando dice que se va (probablemente para fichar por Unicaja o Barcelona), pero que quiere seguir hasta después de los Juegos, y Sáez está pensando en la necesaria concentración con la que se debe blindar a un equipo que debe asumir un reto tan importante en el mes de agosto. En el caso de Pepu, el incendio del viernes se veía venir desde 2007, pero en el caso de Vicario se preveía desde hace dieciocho años. En 1990, Emilio Sánchez Vicario, su hermano Javier y Sergio Casal, asesorados todos por William Pato Alvarez, protagonizaron un escándalo que todavía se recuerda hoy. El actual, salvo que se haya ido ya, capitán de Copa Davis, por aquel entonces jugador, lideró una revuelta que tenía como principal damnificado a don Manuel Orantes. Vicario se plantó y exigió que la federación destituyera al capitán: "o él o nosotros", fueron exactamente sus palabras. O él o nosotros.

El motivo de semejante plante no era otro que el de impedir que Sergi Bruguera, a quien Orantes consideraba imprescindible, volviera a jugar con España. ¿Por qué?... Porque Luis Bruguera, padre y entrenador de Sergi, se llevaba mal con Alvarez, preparador de los otros tres jugadores. Javier Gómez Navarro, por aquel entonces secretario de Estado para el Deporte, tuvo que convocar una reunión en el Consejo Superior, y Vicario tuvo que comérsela con patatas. Aquel incidente del 90 inhabilitaba, según mi opinión, a Emilio Sánchez Vicario para ocupar la capitanía del equipo español de Copa Davis; dieciocho años después, Vicario repite idéntico comportamiento y pone su cargo a disposición del presidente si finalmente éste decide que sea Madrid la sede de las semifinales. Muñoz, me cuentan, no cederá y decidirá lo que crea más conveniente. Creo que el deporte español, y en concreto nuestro equipo de Copa Davis, sabrá sobreponerse a la ausencia, si al final se confirma, de un hombre con tanto peso en el tenis mundial como nuestro actual capitán. Para sustituirle se me ocurre precisamente el nombre de quien él pidió la cabeza hace dieciocho años, don Manuel Orantes. Cuando Emilio era todavía Emilín y empezaba a sujetar con dificultad sus primeras raquetas, el señor Orantes ya había ganado un Open de Estados Unidos y un Torneo de Maestros. ¿Quién mejor que él para sustituir a Vicario?... En 1992, don Manuel, aburrido, tuvo que irse del equipo; Muñoz podría reparar ahora aquella tremenda injusticia. 
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