El penúltimo raulista vivo

Palabras y Classical Gas

Aunque no lo confiesen abiertamente, lo que temen algunos madridistas es que la decisión (que ya tiene tomada) de Ramón Calderón de prescindir de un entrenador que acaba de ganar la Liga les atrape también a ellos en el tiempo, como sucediera con Bill Murray en aquella originalísima comedia de Harold Ramis. El amargado Phil, enviado por su cadena de televisión al pequeño pueblecito de Punxstawnwey, se quedaba encerrado en el día de la marmota, condenado para siempre a repetir exactamente las mismas veinticuatro horas. La película tenía su moraleja porque un día, de repente, la maldición simplemente desaparecía y para entonces Phil era un hombre nuevo. En 2003 Florentino Pérez prescindió de un entrenador que acababa de ganar la Liga y se produjo tal cascada de mediocridad, desde Queiroz hasta Luxemburgo pasando por Camacho o López Caro, que incluso me atrevería a decir que ese miedo es comprensible. El madridismo ha sufrido mucho y no quiere pasar por el mismo trance otra vez.

Cuando me preguntan qué tengo en contra de Capello yo respondo que nada. Y es cierto. No tengo nada personal contra Fabio Capello, al contrario. Sinceramente le deseo lo mejor para él y para su familia y que tenga muchos años de salud por delante para poder disfrutar de su inmensa fortuna. La única vez que hemos coincidido estuvo francamente amable conmigo y charlamos de fútbol, de la cata de vinos, de la vida, del matrimonio, de la Quinta del Buitre y de las dietas alimenticias. Personalmente no tengo nada contra Capello, pero deportivamente sigo creyendo que lo suyo es un atentado contra el buen gusto futbolístico y, como ocurre con el cine gore que te obliga a apartar vioentamente los ojos de la pantalla, hiere la sensibilidad del espectador. Y no sé por qué lo harán ustedes, pero servidor va al cine, y al fútbol, a pasárselo bien.

Cuando me preguntan por qué prescindiría yo de un entrenador que acaba de ganar la Liga, respondo siempre lo mismo: el Real Madrid tiene la obligación de ganar jugando bien y Capello sólo ha cumplido una de esas dos premisas esenciales e innegociables. Es posible que venga Bernd Schuster y el equipo juegue bien al fútbol pero no gane títulos. También es posible que venga Schuster y el equipo no juegue bien y gane algo. Incluso es posible que venga Schuster y el equipo ni juegue bien ni gane nada, empeorando el año de Capello. Pero cabe la posibilidad de que, con el alemán sentado en el banquillo, el equipo juegue bien y gane títulos. Ese debe ser el objetivo ambicioso de cualquiera que se siente en el sillón de presidente del Real Madrid Club de Fútbol. Y ese objetivo no debe ser frenado por nada ni por nadie, ni siquiera por el miedo de algunos aficionados a volver a las recientes andadas o por la comodidad de determinados pesos pesados del vestuario.

Si Mijatovic se niega a entregar la cabeza de Capello, Calderón tendrá dos cascos por el precio de uno. El otro día, en la contraportada de El Mundo, aparecía una entrevista con Valdanágoras. Ese sí que lo vendía bien. El entrevistador decía que cuando alguien quiere insultar a Jorge Valdano le llama despectivamente poeta. Pero es que Valdano lo es. Si lo que le falta a la directiva de Calderón son palabras para explicar el cese de Capello propongo que contraten a Valdano sólo para esa misión. Entrar y salir. Una operación rápida. Como un paracaidista. "Aquí cae Valdano del cielo para explicarles a ustedes por qué echamos a Capello". Y de fondo Vanessa-Mae tocando Classical Gas. ¿Será por palabras?
A continuación