El penúltimo raulista vivo

Ofensivo John, defensivo José

Siempre ha sido así (a Radomir Antic le echaron siendo el equipo primero y a Jupp Henckes le despidieron tras haber logrado la séptima Copa de Europa) pero, desde que llegó José Mourinho al banquillo del Real Madrid, las temporadas 2010-2011 y la actual (apostaría a que las próximas serán iguales) se han convertido en una suerte de Grand National mediático, una carrera de obstáculos en las que los tradicionales muros, cancelas, tablones y barras han sido suplidos por la jaula colgante, el machacador de cabezas, la cuna de Judas o la doncella de hierro, métodos empleados durante la inquisición española. Cuando no era que Mourinho se iba era que Cristiano no se hablaba con Casillas, y cuando no que la plantilla no tragaba a Coentrao, que Diarra le había faltado gravemente al respeto al entrenador, que Florentino dudaba, que el madridismo había sido abducido, que los españoles estaban mortalmente enfrentados con los portugueses o que Karanka era el Monchito de Mourinho, un técnico que estaba arruinando su vida y su carrera profesional por seguir a ciegas al orate que le había robado las llaves del club al presidente del Real Madrid, que era otro loco.

Que nadie dude ni por un solo instante que van a continuar sembrando de minas antipersonales el camino que le queda al club blanco por delante (ya se habla incluso de una plantilla "autogestionaria" con la única finalidad de seguir ninguneando a Mourinho) y que así seguirá siendo en el futuro, pero ahora el madridismo tiene al menos la certeza de la que carecía este sábado a las 7 y 59 minutos de la tarde, ya no necesita tener fe. Porque el Real Madrid, que siempre vuelve, hizo anoche añicos un montón de topicazos y lugares comunes que pasaban por incontrovertibles leyes universales de la física futbolística. Por ejemplo, la de que no se podía (casi no se debía) competir con el mejor Barcelona de la historia; por ejemplo, la de que Cristiano tenía que aceptar la superioridad de Messi y que a nadie se le podía pasar siquiera por la imaginación comparar a ambos futbolistas; por ejemplo, la de que Mourinho no sabía jugarle a Guardiola y que éste siempre le daba sopas con honda; por ejemplo, la de que el Real Madrid no era capaz de jugarle de tú a tú al club catalán. Hay mil ejemplos. A Guardiola le entró ayer un ataque de entrenador y planteó un tipo de partido para un rival determinado: Mourinho le dio una lección táctica, corroborando que sabe cómo jugarle (y ganarle) al Barcelona.

¿Cambio de ciclo?... Imposible. El Barcelona tiene un montón de jugadores soberbios, encabezados por uno de los mejores futbolistas que yo haya visto jamás sobre un terreno de juego. Pero es un hecho indudable que José Mourinho sale aún más reforzado si cabe (un directivo importante del club confesaba ayer que, si por él fuera, le renovaría hasta 2038) y que la derrota de ayer, unida a la filtración de la alineación culé, podrían acelerar la decisión de Guardiola de no seguir al frente del banquillo azulgrana. El Barcelona, como el Real Madrid, volverá; volverá porque nunca se ha ido, aunque el club catalán no haya tenido que sortear la descarada campaña de infundios, insultos y menosprecios que sí ha tenido que arrastrar el equipo de Mourinho. El Madrid está a un partido, el del miércoles, de colarse en la final de la Champions y completar así una temporada magnífica; mejor, por cierto, que la anterior tal y como vaticinó el técnico portugués. Cristiano fue decisivo en un partido que casi decidía una Liga, haciéndolo además en territorio hostil. El Real Madrid del defensivo Mourinho batió en el Nou Camp el récord histórico de 107 goles obtenido por el ofensivo John Toshack. El gol número 108 lo marcó, por cierto, Khedira, uno de los jugadores más vilipendiados, y el número 109 lo anotó Ronaldo, el futbolista que siempre se esconde. Y Coentrao, con o sin Winston, estuvo sencillamente perfecto. Lo mejor está por llegar.

A continuación