El penúltimo raulista vivo

Odio a Cristiano Ronaldo

Hace un rato, en Fútbol es Radio, Sergio Valentín acaba de descubrirnos los motivos reales por los cuales el arranque de temporada de Cristiano está siendo probablemente el más irregular de todos desde que vistió por primera vez la camiseta del Real Madrid. Uno es puramente físico, la rodilla, que ya no es la de un chaval de veinte años, y el otro es psicológico y afecta a algo tan privado como su orientación sexual. Medios franceses e ingleses aseguran que el delantero del Real Madrid mantiene una relación homosexual con Badr Hari, un holandés de 31 años que reside en Marruecos; según la información de Sergio Valentín, Cristiano estaría pensándose muy seriamente si demandar o no a todos aquellos periodistas que hayan asegurado que es gay, y he interpretado que no sería tanto por él sino por su familia, que estaría alucinada con todo lo que se está diciendo de CR7.

En uno de sus artículos de opinión más cutres, y mira que los ha habido a patadas, José María Casanovas, editor del Sport, dejó por escrito hace un par de meses lo siguiente en referencia a Cristiano: "Cuida su imagen hasta el extremo de parecer lo que algunos dicen que es"; recuerdo que esa misma noche yo le pregunté a Casanovas qué decían algunos que era Cristiano, más que nada para informarme y hablar con propiedad, y aún estoy esperando su respuesta. Lo más triste, lo más deprimente desde un punto de vista intelectual, es que Casanovas relacionó la orientación sexual del jugador del Real Madrid con su aspecto. Yo, por ejemplo, soy heterosexual y me gustaría mucho tener el aspecto sanote que tiene Cristiano; es más, estoy convencido de que Casanovas vendería su alma al diablo por tener el aspecto del delantero del Real Madrid. Parece que para el prestigiosísimo editor del Sport tiene más papeletas para ser homosexual aquel hombre que cuida su imagen que el que no lo hace. No hay quien pueda con tanta caspa. Que le quiten todos los premios, por favor, o que dimitan en pleno todos los miembros del jurado que se los concedió.

Al fondo a la derecha de este asunto de la sexualidad empleada contra deportistas de élite, que no es un tema nada original, no se encuentra más que el ánimo de desestabilizar al rival, sacarle de quicio, ganar con malas artes fuera del campo lo que no se puede conquistar dentro de él. La historia de Christian Laettner, alto, fuerte, guapo, único jugador universitario del Dream Team y arrogante héroe de Duke a cuyo paso caían desmayadas de amor las seguidoras de los Blue Devils, es paralela a la de Cristiano y está magníficamente recogida en un documental que se llama Odio a Christian Laettner. Nada, absolutamente nada, impidió que Laettner fuera un jugador decisivo, titular en cuatro Final Four consecutivas de la Liga universitaria, protagonista de la legendaria canasta en el último segundo que decidió la final regional de la NCAA contra Kentucky; al final de su carrera universitaria, y en vista de que Laettner era invencible, también probaron a llamarle homosexual, pero, lejos de provocarle un bajón anímico, Laettner utilizó el odio de la grada para hacerse aún más fuerte y más decisivo, más ganador. Si yo fuera Cristiano no demandaría a nadie. Si acaso, y a modo de broma, enviaría al Sport una polvera rosa a nombre de Casanovas y en honor a Rodolfo Valentino, otro hombre guapo. Aunque no existe retoque posible para las ojeras del alma.

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