El penúltimo raulista vivo

No todos som la gent blaugrana

A Guardiola se le están viendo sus verdaderas plumas en la suerte de espadas. De embajador plenipotenciario de UNICEF para el fair play en el mundo, el entrenador del Barça ha pasado a Torquemada arbitral. Pep se ha creado su universo culé, un espacio y un tiempo dominados por la clase de Iniesta y Xavi, la genialidad de Messi, la velocidad de Eto'o y Alves y la seguridad de Puyol y Márquez, un cosmos en el que todo el mundo le hacía la ola al redream team y él se convertía en el Hombre del Año para la revista Time. Debe ser cierto eso de que el halago debilita porque Guardiola, que al principio parecía un discípulo aventajado de Fray Bartolomé de los Mártires, un hombre que estaba por encima del bien y del mal, un técnico de otro mundo, está llegando al sprint final del campeonato casi sin fuerzas y con flato. A uno casi le dan ganas de saltar al campo para darle una bebida isotónica.

¿A qué es debida la extraña transformación del yerno ideal, del asceta futbolístico en una especie de Mister Hyde de Canaletas?... Mi teoría es que Guardiola en realidad nunca fue el yerno ideal y, como sucede con el resto de mortales, cuando le pinchan tiene la mala costumbre de ponerse a sangrar. Sangró Guardiola el otro día ante el Valencia y, lejos de parar ante el Chelsea, Hiddink, que es el zorro más viejo y más curtido del fútbol mundial, aumentó la sangría azulgrana. El holandés fue pregonando a los cuatro vientos que el martes se verían muchos goles cuando él ya tenía decidido desde hacía mucho tiempo cómo, cuándo y por dónde impedir que el Barcelona impusiera su estilo. Molesto, inquieto, preocupado, Guardiola volvió a sacar los pies del tiesto acusando al árbitro de no proteger a sus estrellas y a Hiddink de haber venido a Barcelona con la única intención de no dejarles jugar.

Yo creo que el Barça es perfectamente capaz de remontar la eliminatoria en Stamford Bridge, darle un rapapolvo al Madrid en el estadio Santiago Bernabéu y hacer lo propio con el Athletic en la final de Copa, pero, a diferencia de lo que ha sucedido durante gran parte de la temporada, ahora los rivales sí saben cómo frenar al mejor equipo del mundo. Entre tanto Guardiola, que se había ganado mi respeto, ha vuelto a ser simplemente Cruyfito. En la decisiva suerte de espadas, esa que distingue a los grandes toreros de los que no lo son, el entrenador del Barcelona unas veces le echa la culpa a los bajos del toro, otras al alguacilillo y otras al estado del albero. El partido perfecto para Pep es aquel que acabe con los jugadores y entrenadores rivales, el árbitro y los asistentes, los masajistas y los médicos haciéndoles la ola y cantando tot el camp es un clam. Ya aprenderá Guardiola con el tiempo que, por mucho que admiremos el juego de su equipo, no todos som la gent blaugrana.
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