El penúltimo raulista vivo

Nishimura, la sombra del guerrero

Ayer descubrí que en España hay tres clases de periodistas deportivos: los que piensan que la actuación arbitral es tan criticable como pueda serlo la de un jugador o un entrenador; aquellos que sostienen que jamás, nunca y bajo ninguna circunstancia, puede mencionarse al colegiado, haya estado éste bien, mal o regular; y, por último, quienes creen que es sólo Mourinho quien no puede criticar a los árbitros pero los demás, incluídos por supuesto ellos mismos, sí pueden hacerlo. Helado, sorprendido, extrañado, perplejo y alelado me quedé al comprobar cómo, vía Twitter, lo más granado de mi profesión, gentes que hasta hacía bien poco nos habían instruido a todos desde el púlpito acerca de lo poquísimo edificante que resultaba "enfangar" el debate futbolístico, arremetían de repente con inusitada fiereza contra el pobre Nishimura, un honrado padre japonés de familia, un sonriente caballero procedente del Imperio del Sol naciente, un honrado trabajador. Y todo después de un fallillo de nada, un pequeño error, una gota en un océano, un problema de interpretación que al fin y al cabo únicamente hurtó a Croacia, un equipo del montón, la posibilidad de llevarse un empate, o quién sabe si incluso una victoria, ante Brasil. El periodismo de bufanda, ya se sabe.

Pero como yo estoy para mi desgracia y mal que me pese, que me pesa, vaya que si me pesa, decididamente encuadrado en el grupo primero, sección "Mourinho tiene más razón que un santo", de los periodistas deportivos anteriormente citados no tuve anoche, ni tengo por supuesto hoy tampoco, el menor empacho a la hora de decir que lo de ayer fue una broma macabra, una risa y una vergüenza. En su afán por "universalizar" el negocio del fútbol (porque el deporte del fútbol se universaliza al instante con unos niños pegándole al mismo tiempo patadas a un balón en Tirana, Helsinki, Nassau y San Cristóbal y Nieves) y con el fin último de encontrar luego cobijo en las federaciones menos relevantes pero cuyos votos a la hora de elegir al presidente de la FIFA cuentan tanto como el de las poderosas, ese personaje tan ridículo que es Joseph Blatter ha decidido que en un Mundial debe pitar todo el mundo, también Nishimura.

Este Mundial ha empezado fatal, con la gente aporreando las puertas de los estadios aún en construcción para acabar de echarlos abajo, y va a terminar peor. En la tradición de FIFA y UEFA está ponerle una autopista hacia el cielo al menos de las semifinales a las selecciones organizadoras. De ello debería haberse aprovechado también España en 1982, aunque no supo. Pero esto de Brasil huele a podrido desde Dinamarca. Hubo compañeros míos que ayer cuestionaron la limpieza de la competición pero que cuando yo decía que la Liga estaba corrupta se llevaban las manos a la cabeza. Yo no cambio mi opinión: la consigna en este Mundial es facilitarle las cosas al equipo de Scolari, que no juega ni a las tabas, y por ende perjudicar en la medida de sus posibilidades a sus máximos oponentes, entre los que cabe incluir a España. Vergüenza me daría a mí ganar un Mundial así.

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