El penúltimo raulista vivo

Niños cogiendo fruta

Por una vez y sin que sirva de precedente estoy de acuerdo con Iker Casillas: somos un país de chirigota... también en lo futbolístico. En el sainete que bajó ayer el telón, a Robert Moreno le ha tocado el papel de tonto útil. Esta expresión, la de tonto útil, era empleada para describir a los simpatizantes que la Unión Soviética tenía en los países occidentales; la expresión coloquial venía a decir que mientras que el simpatizante estaba implicadísimo en la defensa de la URSS y se sentía pieza esencial del engranaje comunista en Europa, los rusos le trataban en el fondo con displicencia, con arrogancia y faltándole al respeto. O sea, un tonto que era útil para una causa desconocida por él mismo.

Por supuesto que cuando a Robert Moreno se le ofreció dirigir a España desde el banquillo de la selección dijo "sí, quiero". Y por un doble motivo: porque el ofrecimiento era consecuencia de la tragedia personal de su amigo Luis Enrique y porque, no nos engañemos, a Moreno jamás le habría llegado esa oportunidad de no haber sido por esa macabra jugarreta del destino. Moreno dijo sí y nosotros, aquí, dijimos que no entendíamos la decisión y hablamos siempre de un entrenador tutelado, de un técnico sin experiencia que, al menos en los primeros minutos del partido, miraba a su alrededor buscando la figura del primer entrenador, que en espíritu seguía siendo su amigo Luis Enrique. Hubo, sin embargo, quien avaló la decisión de colocar ahí a Robert Moreno de quien, de repente, empezó a filtrarse que era un entrenador avanzadísimo, un técnico de primer nivel mundial que nos iba a sorprender a todos y con quien los jugadores estaban contentísimos. Y como, además, los resultados avalaban el trabajo de Robert, Robert creció, Robert se lo creyó y, poco a poco, Robert empezó a olvidarse de Luis Enrique y a pensar en la Eurocopa del año que viene.

El primero que avaló la decisión de poner ahí a Moreno fue el propio Luis Rubiales. A Rubiales le sorprendía muchísimo el debate generado alrededor del nuevo seleccionador y no lograba adivinar qué teníamos contra él. Y era cierto que, más allá de dos o tres meteduras de pata fruto sobre todo de la inexperiencia, los resultados, que ahí están, le avalaban. Lo que no sabíamos, y que desveló anoche Juanfe Sanz en El Chiringuito, es que Rubiales jamás creyó a Rubiales y que, durante todo este tiempo, mantuvo viva por si acaso la llama de la reincorporación de Luis Enrique, con quien conservó una relación fluida. Así que a Moreno, que el primer día de trabajo habló de dar un paso hacia un lado si su amigo quería volver y que a los tres meses estaba tan crecido que se había olvidado del bueno de Lucho, le utilizaron desde el primer momento.

Da lo mismo lo que diga Rubiales. Alguien que defiende un argumento tan original como que hay que llevar la Supercopa de España a una dictadura para defender la democracia puede decir misa cantada en latín. Yo no me lo creo. La federación pudo hacerlo bien y, una vez más, eligió hacerlo mal. Pudo haber hablado con el tonto útil de toda esta historia, pudo haberle convencido de que lo mejor para todos, también para él, era el regreso de Luis Enrique. Pudo... pero no lo hizo, y no lo hizo porque no quiso o a lo mejor porque no sabe hacerlo. Para efectuar el relevo, Rubiales eligió el peor momento. Parece que el paseante en cortes Molina tuvo el detallazo de decirle al ya ex seleccionador nacional unas horas antes de un partido oficial de España que no iba a seguir y que el postre llevaba tropezón porque tampoco iba a ser el ayudante de Luis Enrique. Si Robert Moreno sabía desde el primer minuto que su elección era una comisión de servicios y que cuando llegara el titular él tendría que levantarse del sitio, la verdad es que lo disimuló muy bien porque anoche se despidió entre lágrimas de sus jugadores y se negó a comparecer ante la prensa. Rubiales y Molina traicionaron a Moreno, Moreno traicionó a Luis Enrique y, para cerrar el círculo, Luis Enrique acaba de traicionar a Moreno después de haberse sentido traicionado por su ex amigo. ¿Es o no es ésta una preciosa historia de amor?

Han conseguido estropearlo todo. Y en un tiempo récord, además. En el fondo, el regreso de Luis Enrique es una buena noticia en lo futbolístico y una noticia reconfortante en lo personal puesto que quiere decir que el entrenador asturiano se ha rehecho de un drama personal que abatiría de por vida a cualquiera. Pero ha habido demasiados engaños y el proceso elegido para cambiar a uno por otro y el momento escogido para hacerlo atufan, huelen a kilómetros. Yo, por mi parte, siempre recordaré a Robert Moreno por haber hecho pública la lista de defensas convocados para los partidos contra Malta y Rumanía delante del cuadro de Francisco de Goya titulado Niños cogiendo fruta. En el óleo sobre lienzo puede verse a un crío, sobre las espaldas de otro, trepando a un árbol, sacudiendo la rama cargada de frutas, para que otros dos, esperando debajo, las reciban en su sombrero. Hay algo de alegórico en ese último y kafkiano servicio prestado por Moreno a la Federación en el Museo del Prado porque Rubiales, subido a espaldas de Molina, ha agitado a Moreno mientras Luis Enrique esperaba abajo para recogerlo. Podría decirse, si se me permite la broma, que Robert ha caído como fruta madura. Goya ya lo sabía cuando pintó el cuadro.

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