El penúltimo raulista vivo

Morata y el amor verdadero

El otro día le pedía a Gareth Bale que fingiera interés por lo que le pasa al Real Madrid pero da toda la impresión de que el futbolista galés no quiere fingir. O, si lo hace, muestra en público una alegría desorbitada cuando, como ahora, se encuentra con su selección, la de Gales. Ayer veíamos unas imágenes suyas que contrastan con ese futbolista mustio y un poco melancólico que, de un tiempo a esta parte, podemos observar en el mejor club deportivo de la historia; las imágenes de Bale saludando y mirando a cámara, feliz y radiante, bromista con sus compañeros, especialmente sonriente, tiene toda la pinta de ser un ardid para evidenciar más aún si cabe que mientras que en su club es un hombre desgraciado con su selección, que es la de Gales no es así. Puede ser, como apuntaba el otro día Petón en Fútbol EsRadio, que todo sea una charada organizada por Jonathan Barnett para forzar de una vez por todas la salida de Bale. O, aunque lo dudo, puede ser que efectivamente Gareth sea profunda e irremediablemente infeliz cobrando 12 millones de euros netos al año en el trece veces campeón de Europa e incontrolablemente feliz por estar en una selección de medio pelo cuya mayor gesta histórica ha sido alcanzar, y gracias fundamentalmente a él, unas semifinales de la Eurocopa.

Bale no quiere fingir y, por lo que se ve, Alvarito Morata no sabe hacerlo. No es cierto, como repiten de vez en cuando Dieter Brandau y Juan Pablo Polvorinos, que yo haya pensado jamás que Morata es un mal futbolista, nada más lejos de la realidad. Siempre creí que Alvaro era, y es, un buen delantero y que, en el caso concreto del Real Madrid, servía para completar una plantilla. A Morata le hizo un daño terrible una comparación con Karim Benzema que su fútbol no podía resistir, más que nada porque el francés es un genio mientras que Alvarito es un buen jugador. Ayer Morata estuvo en la Cadena Cope y, de nuevo, otra vez más, se dirigió al Real Madrid en un tono despectivo cuando, para referirse a las dos tarjetas amarillas que le mostró el árbitro canario Hernández Hernández por encararse con Xisco y con Salva Sevilla y que le impidieron por cierto jugar el derbi precisamente contra el Madrid en el Metropolitano, afirmó que esa misma acción "seguramente hubiera sido diferente con la camiseta del Real Madrid".

En una escena de una fantástica película de George Cukor que se llama La costilla de Adán, Katharine Hepburn, que interpreta a Amanda, hace las paces con su marido, que se llama Adam y a quien da vida Spencer Tracy, y en un momento determinado ella le confiesa a él que le enterneció mucho cuando, en plena discusión, se echó a llorar desconsoladamente. Y entonces Adam le dice a su mujer que aquello no era real y que él podía fingir las lágrimas: "¿Quieres que te enseñe cómo lo hago?", le dice... Y entonces Tracy aprieta los ojos, los abre y los cierra compulsivamente y, de repente, oh milagro, empiezan a surgir de ellos unas pequeñas lágrimas. La diferencua entre Spencer Tracy y Alvarito Morata es que mientras que el primero es probablemente uno de los mejores actores estadounidenses de todos los tiempos, a Morata se le ve el cartón. Lo que, en el fondo, demuestra esa indisimulada inquina suya hacia su ex o el modo en el cual ha dicho hoy, por ejemplo, en Jugones, que intentó hasta en cinco ocasiones diferentes marcharse al Atlético porque siempre fue su sueño jugar allí, no es otra cosa que la frustración interior que aún tiene el bueno de Morata por no haber podido triunfar en el Real Madrid.

"Menudencias leves como el aire son para el celoso pruebas irrefutables como un testimonio de las Sagradas Escrituras", decía William Shakespeare. Amanda se creyó las lágrimas de Adam porque lo cierto y verdad es que el tipo las fingió muy bien mientras que las lágrimas de Morata no creo que se las crean ni siquiera los propios seguidores colchoneros. Alvarito se sigue viendo a sí mismo en el coche familiar, pasando por el estadio Santiago Bernabéu camino del colegio y preguntándole a su señora madre eso de "¿tú crees que yo triunfaré ahí algún día?" Lo que en el fondo demuestran sus celos es que su amor verdadero sigue siendo el mismo, que su corazón continúa instalado exactamente en idéntico lugar, y sus reacciones impostadas corroboran que le sigue amargando no haber podido cumplir con su sueño de verdad.

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