El penúltimo raulista vivo

Monzón como el viento

Al Gaucho de Hierro no le gustaba que le llamaran Carlitos. ¿De qué, Carlitos?... Ni tampoco "monito". Carlos. Y Monzón. Monzón como el viento, un viento incontrolable con epicentro en Santa Fe. El quinto hijo de Amalia y de Roque, aquel sodero mocoví de Barranquita, el limpiabotas que acabó acumulando en su ropero 46 trajes, 200 camisas, 300 corbatas y otros tantos pares de zapatos. Decía que al cadáver de Monzón los doctores le encontraron una bala en la espalda, una de las dos que Pelusa, su primera mujer, la de los malos tiempos, le disparó para evitar que la siguiera maltratando. "Para que no me quieras tanto te voy a dar dos balazos", le dijo. Hasta a manejar los cubiertos tuvieron que enseñarle al diariero que gritaba hasta desgañitarse las últimas noticias de La Nación.

Pero a Monzón no le mató por supuesto el "fuego amigo", ni siquiera el accidente que tuvo con su Renault 19 volando camino del penal al que ya llegaba tarde y en el que estaba encerrado por arrojar a Alicia Muñiz del balcón de su casa en La Florida. Aquel día sólo murió el cuerpo del campeón. A Monzón le mató el "ocio denso" y aquel inacabable dejarse ir, dejarse seducir, dejarse. A Monzón le mató la molicie. El 30 de julio del 77 disputó su último combate ante el colombiano Rodrigo Valdez en el Stade Louis II de Mónaco y menos de un mes después anunciaba su retirada. Subió y bajó solo del ring. Ringo Bonavena definió mejor que nadie la soledad rodeada de gente que define al boxeador: "¿A quién le echo un centro yo?..." A nadie. No había nadie a quien centrar.

"El negro no se va, el negro no se va", rugía la gente en su sepelio. No hubiera sido extraño entonces que, en homenaje a Stanley Ketchel, nacido Stanislaus Kiecal, el asesino de Michigan, a Carlos Monzón le hubieran gritado también aquello de "¡Cuéntenle hasta diez, que seguro que se levanta!"... Catorce defensas del título mundial hizo Monzón desde que venciera a Nino Benvenuti, catorce victorias. La "escopeta" de su puño derecho fue explotando una por una en las caras de Griffith, Moyer, Bogs, Briscoe, Mundine, Licata, Tonna... Aún hoy consideran a Carlos Monzón uno de los mejores boxeadores de la historia libra por libra. Frío, tenaz, contundente, feroz y... práctico. Práctico arriba del ring y perdido fuera de él, sin poder echarle un centro a nadie. Rico, famoso y pertinazmente aburrido. Cuéntenle hasta diez, que seguro aún hoy es capaz de levantarse si le proponen una buena pelea. Quién sabe. Todo es posible con Monzón, ese viento incontrolable de Santa Fe.

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