El penúltimo raulista vivo

Mino Raiola: en peores plazas hemos toreado

Cuando, acerca del fichaje de Paul Pogba por el Real Madrid, hoy he leído en el diario As que el jugador gusta mucho pero que no convence su entorno, o sea su representante, que es el ínclito Mino Raiola, me he acordado de un informe que, hace mucho tiempo, se atribuyó a José Martínez Pirri, que por aquel entonces era secretario técnico del Real Madrid, acerca de una de las estrellas rutilantes del momento, el delantero Diego Tristán. El informe, como no podía ser menos, hablaba de la enorme calidad del futbolista del Mallorca aunque a renglón seguido añadía que le gustaba la noche más que a un tonto un caramelo. Dicen, aunque eso no esté confirmado, que Florentino Pérez se lo preguntó directamente: "¿Sale usted mucho?", a lo que cuentan, aunque eso tampoco lo esté, que Tristán respondió "como todos, ¿quiere usted un futbolista o una monja?" No gustó nada la respuesta, no convenció el informe, Tristán no fichó por el Real Madrid sino que se fue al Deportivo de La Coruña y existe cierto consenso acerca de que a aquel futbolista, que iba para estrellón, le perdió su mala cabeza. O sea, el Real Madrid acertó.

Pero el fútbol ha cambiado mucho en los últimos veinte años. Lo quieras o no, hoy estás en manos de los jugadores; no estás en sus manos, o mejor dicho en sus pies, de un modo retórico sino absolutamente real: mandan ellos. Y en los futbolistas mandan muchas veces sus representantes, que en muchas ocasiones no proceden precisamente del entorno de la Universidad de Harvard. El futbolista que Zidane piensa que es crucial para su nuevo proyecto tiene una colección de Rolls Royce, y el representante de este chaval que colecciona deportivos de lujo creció en el Haarlem holandés y ayudó a sus padres desde que era un crío trabajando en la pizzeria familiar. Para que nos entendamos, Carmine Raiola no es el tipo de persona que frecuenta Florentino Pérez, pero, aún no convenciéndole, deberá pasar por el trágala del representante de origen italiano si quiere cumplir uno de los deseos fundamentales de Zizou, tal y como , para convencerlo de que volviera, le aseguraron que se haría. Raiola no es definitivamente una monja, ni siquiera la alférez, Catalina Erauso y Pérez Galarraga, un personajazo de nuestro Siglo de Oro; ni parece tampoco que a Paul Pogba le vaya a entrar ahora de repente una vocación tardía que le lleve a colgar las botas y a coger el hábito, pero el Real Madrid no es un convento sino un club de fútbol y, lo quieran o no lo quieran sus actuales rectores, el negocio está montado de tal modo que, como decía, dependes en muchas ocasiones de críos con el cuerpo tatuado desde la frente hasta los dedos de los pies y que están representados por modernos bucaneros del siglo XXI.

Forzado a competir con equipos-estado como el Paris Saint Germain, que tiene el dinero por castigo, o con clubes que, como es precisamente el caso del United, tampoco andan necesitados de vender, al Real Madrid sólo le queda ponerse una pinza en la nariz, rezar para que al jugador en cuestión no le confunda la noche como a Dinio y utilizar como imán el reclamo de su marca, que es, por cierto, la más potente del deporte a nivel mundial. Lo más probable es que, por mucho que al Madrid no le convenza su entorno, el Real negocie con el representante de Pogba a través de otro intermediario, de tal modo que se habrá cumplido así el sabio refranero español cuando asegura eso de "ojos que no ven, corazón que no siente". Como Tristán, Pogba tampoco es una monja pero, a diferencia del sevillano, el francés ha demostrado que es hasta cierto punto compatible su aparente mala cabeza con su fútbol de alta escuela. Monja o cura, lo importante al final es que el futbolista, como el gato, cace ratones, y éste los caza. Eso sí, habrá que negociar con un tipo que igual aparece en Meyba y mascando Bang Bang por el estadio Santiago Bernabéu, que es el Vaticano del fútbol mundial. Pero en peores plazas hemos toreado.

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