El penúltimo raulista vivo

Milonga sentimental de San Lorenzo de Almagro

Yo le diría al Papa que se hiciera del Real Madrid. La verdad es que no creo que Su Santidad se sienta demasiado orgulloso de estar futbolísticamente representado por Matías Lammens, ese presidente que consiguió que la FIFA sustituyera al contrastado Proença por el desconocido López para que así sus chicos pudieran sacar la guadaña con total impunidad. Transcurridas más de 48 horas desde el intento de carnicería, a nadie objetivo que viera el partido podrá quedarle la más pequeña duda de que, si el colegiado hubiera sido justo y valiente, San Lorenzo de Almagro debería haberse quedado con ocho jugadores sobre el campo. Tal y como dije aquí mismo el otro día, el Madrid fue a jugar y San Lorenzo fue a pegar. Se mascó la tragedia y el árbitro de Lammens fue consentidor de una situación bochornosa y que desacredita un título tan importante como el Mundial de Clubes.

El escenario era insuperable. Millones de personas pendientes de lo que iba a suceder allí. Aún así, la imagen que, retrotrayéndonos a tiempos que creíamos afortunadamente olvidados, quiso darnos a todos San Lorenzo de Almagro, acaso porque ofrecer otra les resultara de todo punto imposible, fue la de un equipo violento, un equipo sin recursos que pretendía llevarse el partido más importante de su historia por lo civil o por lo criminal. Pero la cosa no queda ahí. En el colmo del cinismo más absoluto, bordeando el límite del ridículo, leñadores del balón como Juan Ignacio Mercier o Néstor Ortigoza pretenden ganar en su país hablando lo que perdieron justamente en Marruecos tratando de jugar a algo similar al fútbol.

Guardiola y Mercier van a tener que ponerse de acuerdo: o atletas o nenas. Es de chiste que el capitán de San Lorenzo, que pegó lo que no está en los escritos, alegue ahora en su defensa que cuando tocabas a uno de los jugadores madridistas se iban al suelo y López pitaba falta. Que, además, Mercier llame nenas a Cristiano, Benzema, Bale o Pepe, que resulta que le sacan dos cabezas, es una broma de mal gusto. Al fin y al cabo Mercier, como Ortigoza, no hacen otra cosa que ejercer de coro para la milonga que empezó a entonar Lammens, que para algo es su jefe; por ejemplo aquella del gran Carlos Gardel que se arrancaba así: "Milonga pa recordarte. Milonga sentimental. Otros se quejan llorando, yo canto pa no llorar".

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