El penúltimo raulista vivo

Marcado por el odio

En la mayoría de películas de boxeo que recuerdo, desde El ídolo de barro hasta Réquiem de un boxeador, Cinderella Man o Toro salvaje, el ring ofrece una salida vital honorable a personas que, de otra forma, no tendrían escapatoria. En Invicto, una película regular y llena de tópicos de un desentrenado Walter Hill, el personaje al que da vida Ving Rhames, el campeón mundial de los pesos pesados George Iceman Chambers, lo define todo perfectamente cuando dice que "la gente juega al béisbol, nadie juega a boxear". Y es cierto, nadie juega a boxear como no tenga una buena razón para hacerlo. En Marcado por el odio, la obra maestra dirigida en 1956 por Robert Wise, el director tiene tanto interés en demostrar que el boxeo puede convertirse en la alfombra roja de los desheredados, que desde el primer plano sitúa al niño Rocco Barbella en la tesitura de tener que defenderse de su propio padre, un alcohólico frustrado y resentido que paga su propia amargura ridiculizando a su hijo.

Hay películas que se pueden contar, pero ese no es el caso de Marcado por el odio. Las malas películas se pueden resumir en dos líneas, pero las buenas (y este es sin duda el caso que nos ocupa) hay que verlas varias veces, y con cada nueva visión aparecen matices que se te habían escapado la primera vez. A mí, por ejemplo, la primera vez que vi la película de Wise se me escapó el diálogo, cargado de dramatismo, mantenido por Eileen Heckart, una de esas inolvidables y electrizantes actrices secundarias que suele dar la cinematografía estadounidense, y Paul Newman, grandioso como siempre, en la azotea de la casa en la que viven. Rocco, acorralado por la vida, le grita a su madre lo siguiente: "¿Por qué no me dejas por imposible?", y Heckart, soberbia, responde: "Sí, a lo mejor mañana, pero esta noche tienes que dormir un poco". Yo puedo contarles la escena, pero ustedes tienen que verla.

Como decía Chambers, nadie juega a boxear, pero Rocky Graziano, un hombre marcado por el odio, aprende a utilizar ese sentimiento tal y como le pide que haga un sargento del ejército, haciendo así añicos el pronóstico que un policía hace al principio del film: "Allá va otro delincuente en potencia, dentro de diez años estará en la celda de la muerte de Sing-Sing". Se nota que Wise, que antes dirigió Nadie puede vencerme, respeta el boxeo y a los boxeadores al contrario de lo que le sucede a Hill. El biopic de Graziano no justifica pero tampoco prejuzga; el director adopta la posición del juez árbitro, equidistante y justo, y nos cuenta la historia completa de un hombre inevitablemente marcado por el odio, una bala perdida que se dio de bruces con una segunda oportunidad. Y aquel niño que iba a acabar en la celda de la muerte de Sing-Sing aparece hoy en todos los libros de historia del deporte.

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