El penúltimo raulista vivo

Luz que agoniza a 6.300 metros

"Porque está ahí". Esa fue la respuesta que George Mallory, harto de estar harto por tener que estar justificando su pasión por la montaña, le dio a un periodista que le preguntó por qué quería escalar el Everest. La cumbre más alta de la tierra sigue estando ahí, exactamente en el mismo sitio en el que la dejaron por imposible el 8 o el 9 de junio de 1924 Mallory y su compañero Andrew Irvine. Setenta y cinco años después, una expedición dirigida por Eric Simonson localizó el cadaver del montañero británico en perfecto estado de conservación, boca abajo, a unos 500 metros de la cumbre y con la tibia y el fémur de la pierna izquierda rotos. Cuando alguien vuelva a preguntarme por qué se me ocurrió la idea de dedicarle unos minutos de radio al mundo de la aventura y por qué pensé que César Pérez de Tudela era el hombre idóneo para llevarlo a cabo, yo responderé Oscar Pérez, luz que agoniza a 6.300 metros de altitud en la repisa de una arista de una pared prácticamente vertical.

Oscar Pérez no está en la agenda de Abramovich ni tiene una cláusula de rescisión de contrato millonaria. Oscar Pérez no hace anuncios y muy poca gente le conoce cuando va por la calle. Oscar Pérez no firma autógrafos ni desembarca con chicas cañón en las discotecas de moda de Madrid. Cuando alguien me pregunte por qué, allá por junio de 2008, creí justo que El Tirachinas dedicara en verano un espacio al mundo de la montaña, yo responderé Oscar Pérez. Y Juan Antonio Apellániz, muerto en el K2 en el transcurso de una expedición organizada por el programa de Televisión Española Al Filo de lo Imposible. Atxo, como le conocían sus amigos, murió de agotamiento bajando tras alcanzar la cima de la montaña. Cuando alguien me pregunte por qué hablamos de vidas anónimas y gestas extraordinarias que sólo parecen preocupar a unos cuantos, yo les responderé Oscar Pérez y Juan Antonio Apellániz. Y Félix Iñurrategui, fallecido en el descenso del Gasherbrum II. Y Miriam García Pascual, desaparecida en el Meru Norte, en la India.

¿Por qué y para qué dedicarle tiempo al mundo de la aventura extrema?... Por Leandro Arbedo, muerto cuando bajaba del Shakaur. Por Iñaki Aiertza, Beñat Arrue, César Nieto, Aritz Artieda y Javier Arkauz, sepultados por un alud de nieve en las laderas del Pumori, un sietemil del Nepal. Por Xavier Ormazabal, hallado muerto en su tienda de campaña en el Cho Oyu. Por Rafael Guillén, muerto el 5 de mayo de este año en la montaña Dhaulagiri. Por Iñaki Ochoa que se dejó la vida en el Annapurna. Por Pepe Chaverri, David Larrión y Pablo Salas, muertos en la ascensión a la McIntyre-Colton. Y por Oscar Pérez, luz que agoniza a 6.300 metros de altitud en la repisa de una arista de una pared prácticamente vertical. No son ricos ni famosos y la gente no llena estadios para corear sus nombres, pero se juegan la vida por una pasión que George Mallory definió mejor que nadie cuando, al preguntársele por qué, él respondió que porque estaba allí. Yo hablo de ellos por lo mismo.
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