El penúltimo raulista vivo

Los Guardiola ganan y los Nadal pierden

Ayer, mientras defendía desde la tribuna de oradores del Congreso su ley contra el adoctrinamiento en las escuelas, el diputado Toni Cantó, de Ciudadanos, contó una anécdota referida por Felix de Azúa, un peligroso anticatalanista como Joan Manuel Serrat, Albert Boadella o Juan Marsé. Azúa contaba cómo el hijo de un buen amigo suyo llegó un día a casa y le preguntó a su padre lo siguiente: "Papá, ¿nosotros somos catalanes o somos fachas?" Mientras intervenía Cantó, la diputada Lourdes Ciuró, del PDECat, dedicaba a su señoría un rotundo y visible corte de mangas, corroborando que nunca como ahora es tan necesaria una ley como la que el diputado de Ciudadanos pretendía sacar adelante, pero que el Congreso tumbó con los votos en contra tanto de PSOE como Podemos y, ojo, atención, la abstención del Partido Popular.

En El mensajero del miedo, el senador Raymond Shaw, secuestrado por los rusos mientras era soldado del ejército americano, es sometido a un lavado de cerebro en el Instituto Paulov de Moscú y convertido en un arma de matar al servicio del comunismo. Shaw entra en acción cuando ve algo, en concreto una carta de la baraja, la Reina de Diamantes. Aquí y ahora, en España, el fanatismo no actúa por la visión de un naipe sino al oír una palabra, y esa palabra es "España". El hijo del amigo de Azúa, quien, como tantos otros intelectuales, ha tenido que huir de su ciudad natal, que es Barcelona, para venir a refugiarse a Madrid, no es una abstracción, no es un chascarrillo, es la cruda realidad diaria de la que no pueden librarse generaciones enteras de catalanes. Por eso era tan necesaria la Ley propuesta por Ciudadanos, y por eso la echaron abajo probablemente entre PP y PSOE.

El deporte es una ventana a través de la cual nos hemos colado los españoles. "Soy español, ¿a qué quieres que te gane?" era un eslógan que definía mejor que cualquier otro el crecimiento de una nación con un alto afán autodestructivo constatado a lo largo de su larguísima historia. España ha podido darse a conocer gracias al deporte y algunos deportistas se han convertido en nuestros mejores embajadores por todo el mundo, siendo quizás el ejemplo de don Rafael Nadal Parera el más significativo de todos ellos. Nadal vende España, fomenta España, patrocina la marca España, nos hace mejores, más altos y más guapos a los españoles, mientras que otros deportistas van justo en la dirección contraria. Como le dice Itzhak Stern a Oskar Schindler sobre su lista en la famosa película de Steven Spielberg, Rafa Nadal es el bien absoluto, pero también existe el mal, también existen quienes quieren hacernos daño, hablan mal de nosotros y tratan de expandir de España la falsa imagen de una República Bananera en la que, por ejemplo, se encierra a la gente por sus ideas políticas.

En el grupo del bien está indiscutiblemente Nadal, en el del mal está clarísimamente Pep Guardiola, que ayer dedicó la victoria de su City a los Jordis, encarcelados por una jueza de la Audiencia Nacional por haber cometido un delito de sedición tras haber promovido el asedio a la Guardia Civil. De un largo tiempo a esta parte, Guardiola, a quien activa la palabra "España", se ha convertido en un perverso embajador de todo lo antiespañol. Escuchándole pareciera que España fuera Venezuela o, sin ir más lejos, la Cataluña de los Jordi... Pujol. A Guardiola, que está solidariamente en una cárcel imaginaria pero físicamente fuera, a buen resguardo y disfrutando de su vida de pachá en la City, le diría yo que se fuera a Estados Unidos, probara a subirse en los coches de varios agentes del FBI y, desde allí, megáfono en mano, convocara a los presentes a rodear, insultar y acosar a varios agentes federales, a ver cómo acababa su día en la cuna de la democracia.

Como la diputada Lourdes Ciuró, Guardiola ha sido adoctrinado en el odio a lo español. Como le sucedía al senador Raymond Shaw de El mesajero del miedo con la Reina de Diamantes, el entrenador del City se reactiva en su odio al oír la palabra "España". Y como esta España es como es tampoco me extrañaría demasiado que, con el paso del (poco) tiempo el Pep acabara siendo entrenador de esa cosa llamada La Roja, La Carmesí, La Caramelito, La Dulce de leche, La Bombón, la Marrón Glacé. Cantó al menos lo intentó. Se llevó a su casa un sonoro corte de mangas y la oposición de dos de los tres partidos constitucionalistas, pero al menos lo intentó. Lo intentó porque no podemos dejarles que sigan mintiendo. Lo intentó para que, dentro de veinticinco años, el nieto del amigo de Félix Azúa no le pregunte a su abuelo si él es catalán o si es un facha. Pero, como nunca es triste la verdad, la noticia es que, alcanzado el minuto 70 de partido, los Guardiolas ganan y los Nadal pierden. Hay que remontar y con uno menos.

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