El penúltimo raulista vivo

Lorenzo Sanz in memoriam

Esto que voy a decir les sonará a ciencia ficción a muchos jovenes madridistas, a Isaac Asimov o a Ray Bradbury, al Hombre bicentenario o a Fahrenheit 451, pero hubo un tiempo, tampoco demasiado lejano, no, qué va, en el que el Real Madrid no ganaba la Copa de Europa. Sirva mi propio ejemplo: yo, que nací en 1962, viví aunque no sentí ni tampoco comprendí por supuesto la lejanísima Copa de Europa de 1966 y luego, hasta 1998, no volví a saborear de nuevo sus mieles. Ni más ni menos que 32 años de abstinencia, 32 años de espera que nos hicieron reflexionar a los madridistas y cuyo desgaste influyó, para mal, en el prestigio de nuestro club, que se perdió a pasos agigantados. Porque para cualquier otro equipo del mundo, el divorcio de la Copa de Europa era mucho más llevadero, pero no así para el Real Madrid, que ayudó a inventarla y que la ganó tantas veces. Aquel descuido de más de seis lustros nos hizo dudar y sirvió incluso para que se chotearan del club que más Copas de Europa había ganado muchos aficionados de clubes que jamás en su vida la iban a conquistar: la travesía del desierto sirvió incluso como gancho publicitario para un anuncio de coches y, quien más quien menos, se preguntaba lo mismo: ¿Volveremos a ver al Real Madrid ganando una Copa de Europa? Volvimos claro. Volvimos a verlo ganar la Copa de Europa siete veces más, hasta llegar a las trece actuales, aunque la que más dolió, la que más tardó en salir, el parto sin duda más doloroso fue aquel que, como decía, duró treinta y dos años. No salió con la epidural, no.

Quien lideró aquel Real Madrid de La Séptima y, dos años después, La Octava, fue un hombre que, en principio, no estaba llamado a ello, Lorenzo Sanz Mancebo. Digo que Lorenzo no estaba inicialmente llamado a presidir el club del mismo modo que, por ejemplo, tampoco lo estaba Luis de Carlos, quien, a la muerte de Santiago Bernabéu, no tuvo más remedio que coger el timón de un barco que naufragaba. Entre Ramón Mendoza y Florentino Pérez, Lorenzo Sanz, un buen hombre, un madrileño castizo, un empresario de éxito, simpático y afable y cuya gran pasión era el Real Madrid. A Lorenzo le tocó asumir la presidencia después de la dimisión de Mendoza, provocada por una crisis económica que obligó a presentar ante la Liga de Fútbol Profesional un aval complementario de 1.200 millones de pesetas si el club quería evitar el descenso a Segunda División, ¿y qué hizo Sanz? Lorenzo Sanz se remangó. Lorenzo llevaba remangándose toda la vida en realidad, desde que era un crío, trabajando desde muy pequeño, así que se le daba bastante bien y se conocía de memoria el método, que consistía ni más ni menos que en levantarse hacia arriba las mangas de la ropa para hacer codos. Lorenzo miró de frente a la crisis económica y se remangó, y luego vio venir la crisis deportiva y volvió a remangarse. Él presumía de que, si se le ponía entre ceja y ceja, cerraba el fichaje de cualquier futbolista del mundo... remangándose. Remangándose trajo a Roberto Carlos, remangándose fichó a Mijatovic, y luego a Suker, y más tarde a Seedorf, a Panucci, a Illgner... Fichó a Heynckes, luego a Capello... Es decir, Lorenzo Sanz hizo otra vez un equipo campeón y, treinta y dos años después, el Real Madrid dejó de servir como objeto de chascarrillo de barra de bar y recuperó el prestigio dilapidado.

Podría decirse que, remangándose, Lorenzo arrancó la espada de la Copa de Europa de la piedra en la que llevaba encajada tantísimo tiempo y, luego, todo fue coser y cantar: dos años después, La Octava, cuatro años más tarde la Novena, doce años tardó en llegar la Décima, otros dos la Undécima y luego la Duodécima y la Decimotercera, pero, si hubiera que hacerle la prueba del carbono 14 para datarlo, el origen de esta segunda etapa dorada del club deportivo más prestigioso del mundo lo encontraríamos sin lugar a dudas en La Séptima, que Lorenzo Sanz encarriló haciendo lo que mejor se le daba, remangándose y poniéndose a trabajar. Lorenzo murió el sábado y yo lo sentí muchísimo porque le conocí, porque siempre se portó conmigo con su simpatía, afabilidad y bonhomía habituales y porque tengo una buena amistad con dos de sus hijos, Fernando y Lorenzo. Esta peste del siglo XXI que nos asola impidió que sus seres queridos pudieran despedirse de él y que los madridistas le hayan tributado el homenaje que se merece, pero el coronavirus pasará, lo venceremos, lo derrotaremos y a Lorenzo Sanz Mancebo se le recordará como es debido, como aquel magnífico presidente que devolvió el prestigio perdido al Real Madrid del único modo que sabía, remangándose. Descanse en paz.

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