El penúltimo raulista vivo

Peter Lim se cree Dios

Lo primero que, al objeto de analizar más atinadamente la destitución en diferido (y, aún así, sorprendente) de Marcelino como entrenador del Valencia, convendría saber es la diferencia que existe entre el pirata, el corsario, el bucanero y el filibustero. No se puede poner en el mismo saco, por ejemplo, a Sir Francis Drake, Henry Morgan o Edward Teach, por poner sólo tres ejemplos. Teach, alias Barbanegra, fue un pirata; los piratas atacaban barcos e instalaciones fundamentalmente españoles o portugueses sin que hubiera detrás ningún presunto interés nacional; esto es: robaban, se enriquecían, salían corriendo y a otra cosa mariposa. Los corsarios no, los corsarios viajaban bajo la protección de la famosa patente de corso, un documento en el que un rey les daba autorización para atacar barcos y enclaves pero siempre de las potencias enemigas.

Francis Drake, que fue ni más ni menos que Sir, era un verdadero héroe para los ingleses puesto que robaba, sí, pero lo hacía a los barcos españoles, portugueses y holandeses y siempre bajo la protección de la Reina de Inglaterra. El filibustero, sin embargo, tuvo un radio de acción mucho más limitado, en concreto el mar Caribe, llegando incluso a crear una sociedad filibustera en las costas de Santo Domingo y la Tortuga, la famosa isla. Y, por último, están los bucaneros, que en principio eran cazadores de reses y de cerdos salvajes y que, al ser perseguidos por las autoridades caribeñas, acabaron abandonando su oficio y dedicándose al más lucrativo y definitivamente peligroso de la piratería.

Lo que pasa en el fútbol moderno está íntimamente conectado con lo que sucedió en los siglos XVI, XVII y XVIII. En el fútbol actual hay cada vez más pirata, aún más corsarios, pocos filibusteros y casi ningún bucanero. Peter Lim no es ninguna de esas cosas porque invirtió su dinero (se estima que tiene cerca de 200 millones de euros en el Valencia) para rescatar un club de fútbol español del que probablemente no tuviera ningún conocimiento. Si Lim tuvo que poner su dinero era porque el Valencia lo necesitaba urgentemente y también porque ningún empresario valenciano y valencianista quiso o pudo hacerlo. Si tú caes en las redes de un tiburón singapurense ya no hay marcha atrás salvo, por supuesto, que uno o varios millonarios valencianos quieren recuperar a base de euros la esencia del Valencia. A Lim se le puede discutir su conocimiento del fútbol o su cariño al Valencia, se le pueden discutir las formas o lo acertado de las decisiones, pero no se le puede discutir que se haya jugado su patrimonio en un equipo que se encuentra a 11.116 kilómetros de distancia del lugar en el cual nació. ¿Dónde estaría el Valencia sin el dinero de Lim?... Pues a lo mejor no existiría o existiría pero no sería competitivo o habría descendido de categoría, no se sabe.

El problema del Valencia no es Lim, el problema del Valencia es que las decisiones de Lim descansan en un corsario, alguien que navega bajo la patente del millonario de Singapur. Y contra el que, como ya pedí pero con respecto al estadio Santiago Bernabéu, habría que solicitar cuanto antes una orden de alejamiento de Mestalla. El corsario mueve sus fichas, filtra, vende, compra para volver a vender y, a veces, arruina carreras deportivas o hunde en el fango clubes de fútbol, que espero que no sea el caso del Valencia. Quien aparece en la foto del cese de Marcelino, que sí sabe de fútbol y que acaba de ganar como quien dice la Copa del Rey para el Valencia, que hoy vale más gracias a eso, será Lim, pero tendría que hacerlo el corsario, héroe para el tiburón singauprense y enemigo de los intereses de la gente que realmente ama al Valencia. O sea como Francis Drake, sólo que aquí se trata de Sir Jorge.

Observando desde la distancia lo que sucede con el Valencia, los aficionados del Real Madrid, del Barcelona, del Athletic o del Osasuna deberían respirar aliviados. Y también deberían respirar aliviados, por ejemplo, los del Atlético de Madrid, que están gobernados por un consejo de administración, sí, pero que está dirigido por atléticos de corazón. Eso no quiere decir que Florentino, Bartomeu o Gil Marín no se equivoquen, se equivocarán o acertarán pero... intentarán preservar la esencia. Podrán o no competir con el City, el Liverpool o el París Saint-Germain, pero tendrán a buen recaudo la esencia del club, que es su gente, el corazón de sus aficionados, el amor hacia unos colores compartido por generaciones enteras. En Pactar con el diablo, Al Pacino le dice a Keanu Reeves que le va a dar información de primera mano sobre Dios: "Te dice, mira pero no toques, toca pero no pruebes, prueba pero no saborees". Y remata: "Se descojona, se parte de risa, es un sádico. Es el peor casero del mundo". El problema del Valencia es que Lim se cree Dios sin serlo y mientras el valencianismo sufre, mientras el valencianismo se parte, él, y no desde el cielo sino desde bastante más cerca, desde Pulau Ubin, desde Tekong o desde Jurong, se descojona, se parte de risa. Es definitivamente el peor casero millonario del mundo. Y el gordo ha ído a caer en Valencia.

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