El penúltimo raulista vivo

Las vestales de Guardiola

En último extremo, Pep Guardiola siempre podrá hacer lo que Laura Gómiz, la ex presidenta de Invercaria, y decir con total impunidad y cara dura que la de la rueda de prensa de hoy sí es su voz, sí, pero no son sin embargo sus pensamientos; las vestales encargadas de proteger el fuego de la pureza periodística de las hordas de bárbaros que conforman la yihad mourinhista, esas vírgenes puras sin colores ni bufanda, esas sacerdotisas cuyos juicios no son jamás subjetivos sino fruto puro y duro del equilibrio profesional y el distanciamiento emocional, estarán siempre ahí, dispuestas a justificar todas y cada una de sus acciones y continuar llevándole bajo palio. Pero, parafraseando al gran Jardiel Poncela, yo me pregunto lo siguiente: ¿Hubo alguna vez  once mil vírgenes en el templo de la Facultad de Periodismo?... Y me respondo que no.

Yo no voy por ahí presumiento de independencia porque la tengo toda, ni doy tampoco lecciones de deontología profesional porque he visto cómo la han destrozado una y otra vez, y otra más, precisamente quienes ahora la reclaman como propia. Ni, por cierto, jamás en mi vida he dicho que el Barcelona de Guardiola haya ganado sus títulos gracias al favor arbitral, eso se lo dejo a Mascaró a quien no se le cae de la boca el verbo "robar" aplicado a los éxitos del Real Madrid. Lo que yo digo, y que parece que sienta tan mal, es que Guardiola sí ha hablado de los árbitros antes que ahora, que también lo ha hecho institucionalmente el Barcelona en reiteradas ocasiones y que el modelo es una pamplina indigna de parvularios. Y por decir eso yo soy de la yihad y el otro es vestal. Cuando las sacerdotisas, aparentemente puras en sus formas y repugnantemente maniqueas en el fondo, jugaban a la rayuela, yo ya ejercía el periodismo deportivo libre e independiente.

No he sido yo sino Villar quien se ha reunido a escondidas con Rosell para decirle que se lo ha dado todo y ya no le puede dar más. No he sido yo sino Godall quien ha sacado a colación aquellas elecciones en las que Laporta apoyó a Villar y Florentino a González, y ha hablado también de dónde, cómo y de parte de quién se cuecen determinadas cosas. No he sido yo sino Perrín quien ha afirmado que hay que estar colgado de una teta que, al parecer, está localizada en Madrid capital. Sí seré yo, puesto que las vestales están demasiado preocupadas por el fuego, obsesionadas por fingir virginidad y ocupadas en lamerse sus propias heridas, fruto de su impotencia durante tantos años, y proteger a su particular Daniel Dravot, no vaya a ser que nos demos cuenta de que no es un dios y sangra como los demás, quien diga que la cosa no huele nada bien; que es exactamente lo mismo que dije, por cierto, de la etapa de Ramón Calderón en la presidencia del Real Madrid mientras muchas de estas sacerdotisas que ahora hablan de pureza bailaban la danza de los siete velos silbando El cóndor pasa. Pues no pasó, no, sino que le pusieron de patitas en la calle, y no fue precisamente gracias al denodado esfuerzo de ninguna vestal.

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