El penúltimo raulista vivo

La voz de su amo inglés

Al ministro británico de Deportes le molestó mucho que, en pleno carnaval, un grupo de aficionados se pintara la cara de negro y llamara bocachancla a Lewis Hamilton, el profesor Moriarty de Fernando Alonso. Yo no estuve en Montmeló pero, según parece, hubo pancartas execrables referentes al color de la piel del piloto de Mc Laren y gritos xenófobos de unos cuantos descontrolados, pero, después de ver por la televisión las imagenes de la familia española que le surgió de la nada al ahijado de Ron Dennis, no deduje en absoluto que estuvieran faltándole al respeto sino tratando de tocarle a fondo las narices, que fue, por cierto, a lo que parece que se dedicaron en cuerpo y alma durante toda la temporada pasada en la escudería británica con el piloto español hasta que, definitivamente, acabaron por hinchárselas.

Londres protesta y nuestro secretario de lo que nos queda de Estado para lo que nos queda de Deportes, el número siete de la lista del PSOE por Madrid, va corriendo a pedir perdón. Gerry Sutcliffe dice que España no ha hecho sus deberes y Jaime Lissavetzky sale, como siempre el último, a condenar las actitudes racistas de cuatro gatos. Si, tal y como afirma el director general del circuito, diez aficionados no representan a 55.000 y, mucho menos a 45 millones, ¿de qué estamos hablando exactamente? Si un bodoque, aprovechándose del anonimato de la masa, insulta a Hamilton por el color de su piel, que la policía le detenga y que los organizadores tomen buena nota impidiéndole para siempre el acceso a un circuito de velocidad. Lo curioso del caso es que, después de la protesta oficial del ministro inglés, las quejas de la organización y el posterior rechazo de los incidentes por parte de la Federación Española de Automovilismo, Lissavetzky movió ficha. Sutcliffe dio un silbidito y él pegó el salto.

España no es un país racista, más bien todo lo contrario. ¿Qué tendrían que haber hecho los organizadores con los Hamilton de pega, quitarles las latas de betún para que no se embadurnaran la cara? El riesgo que corre la Fórmula Uno es el de la futbolización y que los circuitos, como a veces sucede con los estadios, se conviertan en refugio de los ultras. Pero Lissavetzky, probablemente el peor secretario de Estado para el Deporte que hayamos tenido jamás, entra en el juego de los tabloides y no deja claro que no se debe juzgar a todo un país por lo que hagan cuatro locos, del mismo modo que no se puede juzgar a Inglaterra por los cinco beodos que llegan aquí por vacaciones. Yo, por si acaso, me voy a poner en contacto con mister Sutcliffe para pedirle que le exija a Lissavetzky que reaccione de una vez por todas ante el lento pero imparable avance independentista. Parece que si la llamada procede del 10 de Downing street, el "7" sí se pone las pilas.
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