El penúltimo raulista vivo

La voz de los supertacañones

Alberto Contador se encuentra en una importante disyuntiva, un cruce de caminos que podría salirle bien o dejarle tocado para siempre. Si, como nos pide a todos el cuerpo empezando por él mismo, apuesta por ir con decisión a por sus Danglars, Mondego y Villefort, pasará a ser un héroe pero quedará inmediatamente marcado; si, por el contrario, decide agachar la cerviz y volver en serio a la competición tras los Juegos como si nada hubiera sucedido, lo hará sin un Tour, sin un Giro y con la losa de una sanción que todo el mundo considera injusta, poco cabal y absolutamente fuera de tono. Hasta el mismísimo conde de Montecristo tuvo que tener la suerte de cara después de que la pluma de Alejandro Dumas le hiciera caer en la peor de las desgracias, y se tropezó con el abate Faría cuando menos lo esperaba. Pero Dumas no conocía a McQuaid indudablemente.

A mi modo de ver, el auténtico quid de la cuestión reside precisamente en la no definición de dopaje; no existe un concepto claro y universal que deje meridianamente claro qué es y qué no es doping, de forma que todo es un inmenso y destartalado cajón de sastre que por un lado te permite absolver tranquilamente a un tenista francés que da positivo por cocaína y que aduce en su defensa que ésta llegó a su cuerpo accidentalmente después de besar a una señorita en un club nocturno, y por el otro castigar a un ciclista español que afirma haber tomado un filete que contenía clembuterol; es realmente fantástico porque, con respecto a Richard Gasquet, estos ganapanes no tuvieron empacho alguno a la hora de justificar su sentencia exculpatoria en el hecho de que las dosis de benzoylecgonina encontradas en su orina eran tan ínfimas que debieron entrar de forma incidental en el organismo del jugador, y ahora castigan a Contador por 50 picogramos de clembuterol. Un pico y una pala les daba yo a los del TAS.

Pero es que la no definición clara del doping, esa nebulosa generada a su alrededor y ese auténtico y algo macabro terror-pánico que tienen todos los deportistas a acudir a la "justicia ordinaria", como si los tribunales deportivos estuvieran al márgen de las leyes universales del hombre y uno tuviera que esperar en su casa y temblando de miedo a la voz de los supertacañones, es precisamente la que ahora les permite arruinar deportivamente y esquilmar económicamente al mejor ciclista mundial del momento sin que nadie se atreva a decir nada. La broma le puede costar a Contador cerca de 5 millones de euros, gran parte de los cuales irán probablemente destinados a nutrir, tal y como apuntaba esta mañana Federico Jiménez Losantos, a los señores del TAS de complejos vitamínicos en formas muy similares a las que suelen adoptar las latas de caviar y las botellas de Champagne. Dan ganas de colgar la bicicleta y, ya puestos, salir a la calle a emplumar a más de uno y más de dos después de haberles untado convenientemente de brea.

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