El penúltimo raulista vivo

La tortura del tirano de Agrigento

Como el fútbol es pendular, y todo lo que sube como la espuma vuelve a bajar al nivel del mar, no hay mejor cosa que esperar pacientemente hasta que escampe para salir de nuevo a la calle con los tambores de guerra y pasar a cobro las facturas atrasadas. He visto al público del Santiago Bernabéu gritarle "¡Indio, indio, indio!" desde la grada al macho mejicano Sánchez cuando éste salía al campo con los trastos de matar del Atleti, para luego, una vez cruzada la acera y realizada la oportuna foto con el caimán Mendoza, jalearle al más puro estilo Jalisco eso de "¡Hugo, Hugo, pum, pum, pum, Hugo, Hugo, pum, pum, pum!". Subir y bajar, bajar para volver a subir. Ahora, después de tirarse siete largos meses castigando a socios y aficionados con el famoso método de tortura conocido como el toro de Fálaris, inventado por el tirano de Agrigento con objeto de exterminar a todos los adversarios que le salieran al paso, los capelistas, que hasta ahora no habían hecho otra cosa que defenderse con diez atrás, han salido rápidamente a la contra. Subir y bajar.

Pero, como dijera Rafael Guerra Bejarano, Guerrita en los cosos, "lo que no pué sé, no pué sé, y además es imposible". Y, por mucho que después del partido contra el Sevilla tengamos instalado al péndulo capelista allá arribota, en la planta 108 de la Torre Sears, "lo que no pué sé, no pué sé". Y, Guerrita mediante, además es imposible. Resulta imposible olvidar la amargura de la Champions. Es inevitable pensar en el batacazo de la Copa. No se puede negar que se fichó mal y que Capello acertó poco y que sólo al rectificar dio de lleno en la diana. Y en la Liga, hoy por hoy, Fabio no ha logrado nada que no consiguiera antes que él un desconocido y barato Vanderlei Luxemburgo, o sea, ser segundo por detrás del Barça.

Leo, como siempre con enorme interés, la columna titulada Guti que el maestro de periodistas Raúl del Pozo, ex jefe de servidor en El Independiente, firma en la quinta de El Mundo. Habla de halcones, hormigas y antropófagos del ladrillo. Y termina refiriéndose a conjuras y campañas mediáticas. Puede que él, con su habitual perspicacia, haya visto algo desde el palco del estadio Santiago Bernabéu que a mí me haya pasado desapercibido desde mucho más abajo. Yo, que tengo que pagar por ver, a razón de doce euros por partido, sólo he sufrido una campaña en mis carnes, y ésta ha sido la del mal gusto futbolístico y el aburrimiento más absoluto. Sólo deseo que el subidón de la Sears le dure a este Madrid de Capello por lo menos otros cinco partidos más. Pero si el Barça, jugando así de mal, lo gana todo, se llevará su tercera Liga consecutiva. Y a los que pagan por ver nos habrán quemado en vano con la tortura del tirano de Agrigento.

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