El penúltimo raulista vivo

La Stasi sentencia

España ganó a Francia el martes en Saint Denis y el miércoles se celebró (en ausencia de los acusados) un juicio rápido. De un lado los traficantes de mescalina periodística, los nuevos espías-cotillas del seleccionador de turno, la Stasi de un pensamiento único que no consiente que alguien insinúe siquiera que el fútbol de la selección le aburre, los comeniños que esconden su auténtica faz bajo la careta de la ortodoxia y la pureza. Del otro lado... nadie, simplemente nadie. Del otro lado no había nadie porque ni se avisó, ni los procuradores estaban enterados y el juicio acabó celebrándose a hurtadillas, imposibilitando por lo tanto el debate de ideas. A esta Stasi le gusta etiquetar pero no debatir, le satisface pontificar pero no rebatir, le pone calificar pero no argumentar. Y para hacer eso, ya sea desde un programa de radio, de televisión o desde un blog, lo realmente importante es que no haya abogado defensor, no vaya a ser que éste acabe dándole la vuelta a la tortilla.

No es tan difícil de entender. A la libertad de expresión me refiero. No es tan difícil de entender: uno dice una cosa y otro dice otra, se debate y fuera. Pero cuando el debate se trufa de juicios y descalificaciones personales la cosa suele acabar como va a acabar ahora, esto es como el rosario de la Aurora. Lo que los traficantes de mescalina no logran comprender por mucho que se les trepane el cerebro con una taladradora-atornilladora Bosch es que el estilo-Stasi que ellos, que van de demócratas de ringorrango, quieren imponer está simplemente demodé y que la gente seguirá pensando lo que quiera. Pensando... y sintiendo. Porque el fútbol está estrechísimamente vinculado al corazón, al sentimiento. Por ejemplo: preguntado por qué selección quería que ganase el pasado Mundial, Sandro Rosell dijo que Brasil. ¡Brasil!... El presidente del Fútbol Club Barcelona dijo que quería que Brasil ganara un Mundial en el que participaba España y la Stasi miró hacia otro lado. Vomitivo.

España siempre ha sido más de clubes que de selección. Cuenta José Martínez Pirri que en su homenaje se enfrentaron en el estadio Santiago Bernabéu su club, el Real Madrid, y su selección, la de España, y que la gente gritaba "¡Madrid, Madrid, Madrid!"... Tampoco es que el resultado del juicio que celebró ayer la Stasi sea novedoso. Dice la sentencia: "A quien no le guste siempre y bajo cualquier circunstancia cómo juega España es un traidor a la patria, está inevitablemente consumido por un odio que no conduce a nada bueno pero que le será oportunamente extraído por el hábil doctor Ching y sus aparatejos, y una vez limpia el alma de malos pensamientos será recluído en Guantánamo hasta nueva órden, que deberá ir firmada por los traficantes de la mescalina periodística". Lo mismo que con Clemente. Igual que con Aragonés. La diferencia es que ahora no te llaman afrancesado sino portugués. Mejor, más cerquita de casa.

El debate sobre la selección española campeona del mundo y de Europa está minado de mentiras, y lo malo es que yo creo que no hay vuelta atrás. El barcelonismo ha querido apropiarse de los triunfos de España y los traficantes de mescalina han convertido con falsedad en vasos comunicantes los éxitos culés y los de la selección nacional, apartando significadamente de su lado a un sector importante de seguidores madridistas. Casillas, Ramos, Alonso o Arbeloa llevan siendo titulares indiscutibles de esta selección desde 2008, pero Del Bosque los olvida cuando habla de valores y el periobarcelonismo hace mofa contínua de su aportación, reducida cómicamente a la mínima expresión. Lo que, con el consentimiento por cierto de los traficantes de mescalina, se está haciendo con Álvaro Arbeloa es de juzgado de guardia. Y si nadie dice nada ni nadie sale tampoco ni una sola vez (ni una) a dar la cara por este campeón del mundo (porque él también ganó el Mundial) es simple y llanamente porque los señores del pensamiento único creen que le está bien empleado y que en su pecado mourinhista lleva la penitencia del insulto.

Xavi es muy bueno, buenísimo. Pero lo que la Stasi no comprende es que para un número indeterminado de aficionados madridistas resulte materialmente imposible alegrarse con los éxitos de un chico que aprovecha la mínima ocasión para agredir al Real Madrid. Yo estoy en la obligación profesional de distinguir entre una cosa y otra, pero el aficionado de la calle no. Hay compañeros que rompen a llorar cuando, por defender a Mourinho, les llaman portugueses. Yo no, yo me río a mandíbula batiente, me río como si no fuera a haber mañana, me río y me río y se me queda como una jota el cuerpo de tanto reírme. Y es que los traficantes de mescalina, ángeles sin mácula, miembros de la tenebrosa Stasi del periodismo deportivo español, llevan un tiempo urdiendo otro plan: conectar el mourinhismo con el antiespañolismo. No vieron antiespañola la reacción de un director general culé que nos llamó chorizos a los españoles ni dijeron tampoco que era antiespañol que se ofendiera al Rey y se pitara el himno nacional. Chiquilladas. "Yo no me meto en política", repetían una y mil veces desde la sede de la banda del Mirlitón. No conectaron antiespañolismo con Laporta o ahora con Rosell. Niñerías. No lo conectaron el día que se utilizó el Camp Nou para promocionar los Países Catalanes. Boberías. Tampoco el día que ex jugadores de la Real Sociedad y del Athletic se pronunciaron a favor de presos de ETA. Esos días la Stasi libraba y estaba al parecer agotada en el Super la mescalina. Porque como todo el mundo sabe el fútbol es una tarde de lluvia en San Mamés y mis narices 33.

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