El penúltimo raulista vivo

La Marsellesa de Wembley

Liberté, egalité, fraternité. El lema de la República francesa adornando la fachada del mítico estadio de Wembley, transformado por una sola noche en el Stade de France, el campo de fútbol de todos los franceses y de todos los ciudadanos libres del mundo; y los aficionados ingleses cantando al unísono La Marsellesa, el poema compuesto hace más de dos siglos a toda prisa por el pequeño capitán Rouget de Lisle en un humilde cuartucho del número 126 de la Grande Rue; una paradoja actual es que el canto de guerra para el ejército del Rin acabara convertido anoche por esas noventa mil gargantas en un grandioso himno por la paz y contra el terrorismo; otra paradoja, ésta muy anterior, es que el poeta de la Revolución acabara siendo encarcelado por contrarrevolucionario y, mucho tiempo después, su cuerpo fuera exhumado exactamente en el mismo lugar que el de otro hombre de pequeña estatura apellidado Bonaparte: bajo la cúpula de los Inválidos.

Paul Tenorio me recordaba ayer fuera de antena que aquí, en España, hemos pitado mucho La Marsellesa. "Todo, Paul, aquí solemos pitarlo todo mucho", le respondí. Anoche, por contraste negativo, aquí quedamos mal retratados, y no sólo por el himno. En la fotografía aparecemos desunidos, enfrentados, incapaces de reaccionar ni siquiera ante el terror, como sí lo hizo por ejemplo el Parlamento francés; en la fotografía aparecemos avergonzados de ser lo que somos, una nación con más de 500 años de historia a nuestras espaldas, perdiendo un valiosísimo tiempo en pesquisas que no nos llevan a ningún sitio. En nuestra fotografía aparecemos pitándolo todo y, en el colmo del absurdo, pitando incluso nuestro propio himno nacional, la Marcha Real o Marcha de Granaderos, sin que ello conlleve ningún tipo de consecuencia. En la fotografía aparece la jefa de prensa de Pablo Iglesias llamando "putos fachas" tras doblar la esquina de la Embajada gala a quienes, emocionados, entonaron en honor de las víctimas el poema del capitán Rouget.

Este miércoles posterior al martes en que Wembley se convirtió por una noche en el estadio de fútbol francés, convendría recordar que los mismos políticos que piensan reunirse por la tarde en Madrid para acordar las medidas de seguridad especiales que rodearán al partido que el sábado disputarán Real Madrid y Barcelona en el estadio Santiago Bernabéu, enterraron en papeleo y burocracia una de las noches más negras de la historia reciente de nuestro país, aquella en la cual, y con el imprescindible consentimiento generalizado del palco del deshonor, se aceptó sin mover ni un solo músculo que otras noventa mil gargantas pitaran el himno nacional español en España y faltaran gravemente al respeto al Rey de todos los españoles. De aquello, por cierto, nunca más se supo salvo que los organizadores del akelarre secesionista sacaron pecho tras su proeza. Anoche muchos de los periodistas deportivos que miraron hacia otro lado mientras insultaban a Felipe VI alegando que ellos no hablaban "de política", abrieron sus respectivos programas elogiando la reacción generosa, orgullosa y fundamentalmente unida de una nación rota por el dolor que provocó un viernes negro, quedando así ellos mismos retratados... también para mal.

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