El penúltimo raulista vivo

La mano de Hristo Stoichkov

Poco a poco, al principio muy levemente, después con mayor virulencia, se va notando la mano de Hristo Stoichkov en el Celta de Vigo. Para peor, desde luego, pero se va notando. La presencia del fenomenal jugador búlgaro en el banquillo del equipo gallego –cada día que pasa un poquito más cerca de Segunda División– desmonta aquella peregrina teoría de Valdanágoras (copyright de Federico Jiménez Losantos) sobre que uno tiene que haber sido jugador, primero, y exquisito, después, para estar en disposición de transmitir correctamente al vestuario sus ideas sobre el juego. Milongas del payador perseguido. En el Tijarafe del Grupo XII de la Tercera División me habría gustado a mí ver a Valdanágoras, contándoles a los chavales sus viejas anécdotas sobre el golazo que Dieguito Maradona le marcó a Inglaterra en el Mundial de 1986.

Stoichkov, que como jugador ganó mucho más que perdió, ahora sólo sabe conjugar como entrenador la primera persona del presente de indicativo del verbo perder. Hristo, que fue bastante mejor futbolista de lo que lo fue nunca Valdano, tendría que estar lógicamente mejor dotado que él para saber conectar correctamente los cables sueltos de su plantilla, pero sin embargo el Celta no hace otra cosa que perder partidos, uno detrás de otro, con una perseverancia que sería digna de encomio si no fuera porque, salvo que esto haya cambiado mucho en las últimas horas, los propietarios del club, que primero probaron con las patitas de conejo y los tréboles de cuatro hojas, suelen contratar a los entrenadores para ganar partidos y no para perderlos.

Por cierto que el otro día le pasó a Stoichkov (a este sí) lo mismo que en su día le ocurrió a Alejandro Dumas. Alguien se topó con el búlgaro por Vigo y éste le preguntó si había leído su último artículo de El Mundo Deportivo, a lo que el interlocutor repreguntó: "¿Lo has leído tú?". Pues no, Stoichkov no había leído su último artículo. En él decía que a sus jugadores les faltaba compromiso y advertía veladamente con que el año que viene, ya fuera en Primera o en Segunda, pondría en marcha la podadora eléctrica porque allí sobraban muchos hierbajos. Fue más fácil para Stoichkov echarle encima el "muerto" al "negro" de El Mundo Deportivo, y resultó más sencillo para los jugadores creer a su entrenador antes que al pobre redactor del periódico, quien, naturalmente, descontextualizó (¡qué bonito!) lo expresado por el chico del pisotón. La historia no será tan cruel como para privarnos de ver juntos en el futuro a Stoichkov y Eto'o, uno como entrenador y el otro como jugador. ¡No disparen al pianista!

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