El penúltimo raulista vivo

La gallina de los huevines de oro

El día que los aficionados al fútbol vayan a la huelga, dejen de renovar sus abonos, no paguen sus entradas, pasen olímpicamente del pay per view, no les regalen a sus hijos la camiseta del Real Madrid, las botas de Leo Messi o un balón firmado por la plantilla del Atleti, ese día el fútbol habrá muerto definitivamente. El día que los aficionados al fútbol vayan a la huelga, dejen de oír la radio y de comprar la prensa deportiva, el día que elijan comprarle a su sobrinito La isla del tesoro o la colección de Los cinco en vez del último juego de la FIFA, ese día el fútbol quedará tocado del ala. Y lo realmente extraño es que, en un país con cerca de cinco millones de parados y más de un millón de familias con todos sus miembros sin poder acceder a un puesto de trabajo, el fútbol (o por ser exacto, el negocio del fútbol) no haya hecho ya catacrack.

Tranquilos porque no habrá huelga. Creo recordar que esta es la tercera con la que Luis Rubiales, que está intentando borrar a Gerardo González Movilla de la memoria de AFE, amaga desde que accediera a la presidencia hace ahora un año y medio. El ritual es siempre el mismo: los jugadores amenazan con parar la competición, y los empresarios ceden, aunque nunca del todo, a sus peticiones. Rubiales, que como futbolista se tiró un montón de tiempo sin cobrar del Levante, sabe bien cómo funciona esto y, con una Eurocopa en 2012 y un calendario sin más días libres salvo que el candidato Rubalcaba proponga ampliarlos de 30 a 40 al mes, es consciente de que la LFP moverá ficha tarde o temprano. Y si no lo hace la Liga lo hará el waterpolista Albert Soler, inédito por cierto hasta la fecha.

Otra baza a favor con la que juega la AFE es que sabe muy bien que España es flexible y lo soporta todo, desde el desplome del Ibex 35 hasta que la cúpula policial del ministerio del Interior esté procesada por el chivatazo a la banda criminal ETA, pero no sobreviviría a dos domingos seguidos sin fútbol. Eso sí que no. Es lícito por otro lado que los jugadores quieran lo suyo, lo que firmaron en su día con sus clubes respectivos; y lo que de veras supone para mí un auténtico misterio sin resolver es cómo la sede de la Liga no se ha desplomado literalmente con el estratega José Luis Astiazarán, el hombre que arruinó a la Real Sociedad, al frente. El día que los aficionados se cansen de todos estos, ese día habrán matado a la famosa gallina de los huevines de oro.

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