El penúltimo raulista vivo

La estampida

Alex Abrines, Lobezno Abrines, un pimpollo que acaba de dar el salto como quien dice al primer nivel del baloncesto europeo, cometió el otro día un pecado de soberbia que ni siquiera se le habría pasado por la imaginación al emblemático, rudo y carismático personaje del cómic creado por el mago Stan Lee. Después del partido de Liga que acabó con la victoria del Barcelona sobre el Real Madrid por 86-75, un partido sin nada en juego y por ende sin la imprescindible tensión competitiva, a Abrines no se le ocurrió otra cosa que referirse despectivamente al ex NBA Rudy Fernández diciendo que éste debería jugar mejor forzosamente en las semifinales de la Final Four puesto que hacerlo peor era imposible. El mundo al revés: un chavalito con un gran porvenir por delante pero con todo aún por demostrar dejando en evidencia a un jugador que ha sido, así, de memoria, campeón del mundo, subcampeón olímpico, dos veces campeón de Europa, campeón de la Liga ACB, de la Copa y de la Supercopa.

De que al Real Madrid de Pablo Laso, que con su baloncesto está llenando no sólo el Palacio de los Deportes sino todas y cada una de las canchas europeas que visita, se le tienen muchas ganas aquí, en España, pueden dar buena cuenta por ejemplo algunas de las clarividentes crónicas que se escribieron tras la derrota merengue: lo más bonito que se dijo entonces del equipo que viene maravillando a todo el mundo con su forma espectacular de interpretar este juego es que se había mostrado "apático", de ahí para abajo. Por contra del Barcelona de Pascual, un equipo que no ha sido ni tan siquiera capaz de llenar de aficionados su Palau Blaugrana, se dijo que había estado "imponente", "intenso", con "garra" y que había provocado una auténtica "estampida" ante un Real Madrid "arredrado". La garra de Lobezno, claro.

Una estampida, sí, una estampida. Casi te daban ganas de ahorrarte el viaje hasta Milán y quedarte en casa escondido debajo de la cama y mirando por el rabillo del ojo, entre sudores fríos, cómo Navarro y los suyos saltaban a la pista y Christodolou, Belosevic y Lottermoser se veían obligados a suspender el partido por incomparecencia del rival. Nostradamus en estado puro. No entendí hace una semana, y aún sigo sin comprender, cómo podía hablarse así de un equipo que había jugado 32 partidos de Liga ACB y "sólo" había ganado 30, que tiene en la mano la primera posición de la fase regular y que saca una victoria al Valencia, que es segundo, y cinco al Barcelona, el de la estampida, tercero. El equipo merengue se había ganado el respeto del periodismo mundial... a excepción al parecer del nacional, del nuestro. El jueves dije en Real Madrid Televisión que ese partido lo perdió el Real Madrid por la sencilla razón de que lo tenía que perder y porque Laso no iba a ponerse a descubrir a estas alturas sus bazas, que como pudo comprobarse ayer alguna reservaba aún, en un partido intrascendente.

Más de uno y más de dos debió salivar ante la perspectiva suculenta cual filete de buey de Kobe sangrante ofrecida por el 12-4 de salida a favor del Barça, y después con el parcial de 10-0. Seis minutos y Marcelinho Huertas y Tomic impartiendo un curso acelerado de pick and roll con un Bourousis más perdido que un pulpo en un garaje. La tan cacareada estampida anunciada por la opinión publicada cobraba vida ante un Real Madrid espectador, incapaz de correr, atenazado y que cometía demasiadas faltas. Y en eso llegó el Chacho. El primer cuarto, llamado a marcar tendencias, acabó con un 20-20 gracias a la irrupción de Sergio Rodríguez. Apareció el canario mucho antes de lo que suele ser habitual y todos dedujimos inmediatamente que la entrada en pista del MVP de la Euroliga, ese movimiento de banquillo que se veía forzado a realizar Pablo Laso, no era más que el síntoma de que las cosas no funcionaban, la fiebre del Madrid.

El 11-0 madridista de salida en el segundo cuarto auguró que sí, que el viernes 16 de mayo de 2014 se produciría efectivamente una estampida pero que ésta no sería azulgrana sino merengue. Ahí sinceramente se acabó el partido. Cuando, tras el descanso al que se llegó con un 42-35, Pascual, que había demostrado qué le gusta y qué no sustituyendo a Marcelinho por Sada, sacó a Navarro, que no es ni de lejos el Navarro épico de antaño, se vio que el contagiado por la fiebre era ya el Barcelona y que ni siquiera Tomic, de nuevo fantástico, sería capaz de frenar el aluvión. El Real Madrid empezó a defender y a correr, a rebotear y a correr, a robar y a correr, a tirar y a correr. Todos corrían y todos tiraban. También desde la línea de 6,75. Incluso Bourousis. Catorce triples anotó el Real Madrid que se quedó a uno del récord del Virtus en una Final Four.

El marcador final lo dice todo: 100-62. 38 puntos de diferencia. 174 partidos llevaba el Barcelona sin encajar 100 puntos en Euroliga. La mayor paliza en semifinales. Si el patido hubiera durado otros diez minutos más el Real Madrid habría sacado 50 puntos de ventaja al Barcelona porque sus jugadores iban groguis por la pista. Ahora el rival del Real Madrid en la final será el Maccabi de Tel Aviv. El equipo de Blatt obró el milagro y en el último instante ganó al CSKA después de remontar 15 puntos en 11 minutos. Estaría mal, muy mal, que faltáramos al respeto al equipo macabeo tal y como se hizo con el Real Madrid en la víspera. Pascual, que se queda ahora en una situación de debilidad total y muy cuestionado, reivindicó el jueves su estilo de juego y dijo que a ellos también les gustaba robar y salir rápido al ataque. No es cierto. La estampida es blanca. Una estampida cuyo destino, con todo el respeto del mundo hacia el Maccabi, es La Novena. Este equipo se lo merece. Salvo mejor opinión del Lobezno Abrines por supuesto. Y, ya puestos, también de Namor, el hombre submarino, que para algo era uno de mis favoritos.

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