El penúltimo raulista vivo

La dignidad del maillot amarillo

Decíamos ayer... De verdad que me gustaría poder creer que el Rabobank decidió expulsar ayer a Rasmussen, su maillot amarillo, después de que éste certificara su victoria en París tras imponerse en la etapa reina del Aubisque, y que lo hizo sólo porque el veterano ciclista les dijo que estaba de vacaciones con su mujer en México cuando en realidad se encontraba de incógnito en Italia, en la zona de los Dolomitas, muy cerquita del despacho del doctor Ferrari. Según eso, la mentira de Rasmussen habría conducido directamente a la sospecha del patrocinador del equipo y éste, tras una conversación con el manager, Theo De Rooy, habría exigido el abandono del nuevo ganador de la ronda gala. Me gustaría creer que eso fue así, pero, muerta y enterrada la inocencia, no puedo. No me creo nada, así de simple.

Me inclino por pensar que la organización del Tour, y en concreto su director Christian Prudhomme, se la tenía jurada a Rasmussen, y por extensión a todo el equipo Rabobank y me atrevería a decir incluso que a media Dinamarca, desde el preciso instante en que la Federación danesa, que conocía desde finales de junio que su ciclista se había saltado cuatro controles sin ofrecer ninguna explicación coherente, esperó hasta que ya hubiera empezado la carrera para dejar caer la bomba de que Michael no iba a ser convocado para los Campeonatos del Mundo de Stuttgart y los Juegos Olímpicos de Pekín. Por si fuera poco, Jesper Worre, en tono muy solemne, hizo el anuncio a través de la televisión pública de su país. Imagino que el tema no habría ido a mayores si, en lugar de ir primero, Rasmussen no hubiera pasado del puesto cincuenta de la clasificación general, pero es que encima al danés, que tiene 33 años y que hasta la fecha sólo había ganado algunas etapas sueltas en la Vuelta al País Vasco y la Dauphiné Libéré, le dio por reeditar los sorprendentes éxitos obtenidos por su compatriota Bjarne Riis en 1996.

Así que Prudhomme, ovacionado por los aficionados en la salida de la etapa de ayer, se hizo a sí mismo la gran pregunta: "¿vamos a consentir que alguien que ha sido excluido por su propia federación del Mundial y de los Juegos llegue a París enfundado en el maillot amarillo?". Y su respuesta fue que no, que no lo iban a consentir. Por detrás del sospechoso Rasmussen iba un chaval de 24 años, una cara nueva, alguien de cuyo comportamiento nadie podría dudar. Para el Tour era una cuestión de honor presionar a Rabobank hasta que éste dijera basta. Y lo dijo, dijo basta. Y anoche le pidió a Rasmussen que abandonara la carrera. Imagino que el positivo de Vinokourov y sus delirantes declaraciones posteriores fueron la gota que colmó el vaso de la paciencia del Tour.

De forma que no fue la sospecha del Rabobank la que dejó sin maillot amarillo a Rasmussen sino la de los organizadores del Tour. En realidad, si se dan cuenta, al Tour sólo le queda eso, preservar la decencia que aún tenga una prenda que se ha convertido en uno de los símbolos del deporte mundial. Hoy Alberto Contador saldrá sin su maillot amarillo y, un año después, Oscar Pereiro continuará esperando a que le entreguen el suyo después de que Floyd Landis diera positivo, según él, por tomar una cerveza y un whisky la noche anterior. Prudhomme dejará que Rabobank se lleve la gloria pública, y él, a cambio, conservará un trocito de la dignidad del maillot amarillo, impidiendo que encima un tramposo dé la vuelta de honor a los Campos Elíseos.
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