El penúltimo raulista vivo

Juego, set y partido para el nuevo periodismo deportivo

París. Diez y media de la mañana. Hotel Ritz. El mismo hotel Ritz del que salieron por última vez lady Diana y Dodi hacia el túnel d'Alma. El mejor tenista de todos los tiempos desayuna tranquilamente en Le Petit Jardin, frente al Grill. Huevos revueltos, zumo de naranja recién exprimida, café y unas galletitas de esas que llevan incrustadas virutas de chocolate blanco. Lynette, su madre, siempre le insistió en que debía desayunar contundentemente antes de salir hacia el trabajo. Miroslava no le quita la vista de encima mientras hojea distraídamente la prensa deportiva. Ha dormido bien. Llegó cansado y cayó rendido en una de esas inmensas y mullidas camas de cobre con almohadas de plumas de ganso.

David Nabaldian, que olfatea su rastro desde Madrid, acaba de apearle también del Masters Series francés, aunque él sabe que aquello es algo circunstancial, algo pasajero. Lleva siendo el número uno del ranking mundial desde febrero de 2004, continúa batiendo todos los records habidos y por haber, ha ganado cinco veces seguidas en Wimbledon, cuatro en Estados Unidos y tres alternas en Australia y, aunque tiene asumido que llegará la hora en que esa situación cambie, intuye, porque se conoce mejor que nadie, que ese día está aún lejano en el calendario. Que le aproveche a David; para lo que se estila en el circuito, la verdad es que el argentino no es un mal tipo. Él tiene otros objetivos. Por ejemplo, pasar a la historia como el jugador de tenis con mayor número de victorias en el Grand Slam. Quiere dejar el listón muy alto para que el siguiente tarde mucho tiempo en superarle, cuarenta años, cincuenta, un siglo, quién sabe, cuanto más tiempo mejor. De París sólo le obsesiona Roland Garros y cómo meterle mano a Nadal.

Suena el teléfono de la habitación. Contesta Miroslava:

– ¿Sí?
– Tiene usted una llamada desde España. Un diario deportivo.
– Pásemela, por favor.
– ¿Señor Federer?
– ¿Quién pregunta por él?
– ¿Miroslava? Soy Fulanito. Ayer hablé con usted para ver si Roger podía atenderme un minuto.
– Lo recuerdo. Espere.
– ¿Hola? – dice Roger Federer, atendiendo la llamada – ¿Hola?
– ¿Señor Federer?
– Soy yo.
–  Quería preguntarle qué le parece que Bernd Schuster haya comparado al Real Madrid con usted.

En el hotel Ritz de París se han visto cosas muy raras. Al atardecer, un multimillonario, borracho como una cuba, preguntaba al portero cuándo bajaría Napoleón de la columna Vendôme para que pudiera charlar con él. Un perro chow chow cenaba vestido de esmoquin al lado de su dueño. La boa de la marquesa de Cassati exigía conejos vivos para alimentarse. El halcón propiedad de lady McLean esperaba que se le sirviese un pichón. James Gordon Bennet, dueño del Herald, tenía auténtica pasión por el striptease. Al poeta Cocteau le gustaba asustar a la clientela con sus payasadas. Antes de ocupar su habitación, Proust ordenaba que cerraran todas las puertas y ventanas, tal era su aversión hacia las corrientes de aire.

– Me alegra mucho que mi juego inspire a Schuster – responde Roger Federer. Luego cuelga, se dirige a Miroslava, encoge los hombros y dice – Estos españoles están locos. ¿Tú sabes lo que me han preguntado?

Juego, set y partido para el nuevo periodismo deportivo.

Posdata: Todos los datos aquí reflejados acerca el hotel Ritz de París están recogidos en el extraordinario y divertidísimo libro titulado Hotel Nirvana, de Manuel Leguineche. Gracias, maestro.
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