El penúltimo raulista vivo

Ironías de la vida

Fabio Capello es un planeta; llamémosle Capellolandia. Por el movimiento de rotación Capello gira alrededor de un eje que conforman siempre, pase lo que pase, llueva, truene, nieve o luzca el sol más radiante que uno logre imaginar, Emerson y Diarra. Anoche, ante el Olympique de Lyon, el jugador brasileño, a quien Tomás Cuesta compara certeramente con uno de los Soprano, estuvo como Kaká, Cesc y Robben, o sea, ausente. Por el movimiento de translación Capello describe órbitas alrededor de la idea (falsa, creo yo) de que este Real Madrid suyo se asemeja cada vez más a un equipo de fútbol. El entrenador italiano pidió dos meses para que todo apareciera definitivamente ensamblado y con cada jugador en su sitio, pero empiezo a tener la extraña sensación de que, cuando hizo aquella afirmación tan tajante, en realidad Capello no se estaba refiriendo a los meses terráqueos sino a los meses capellianos. En la tierra tardamos trescientos sesenta y cinco días en dar una vuelta completa alrededor del sol. Sólo Dios sabe cuánto tardarán Calderón, Mijatovic y Capello en completar su órbita alrededor de la idea (rotundamente falsa, creo yo) de que en el fútbol todo va mucho mejor cuanto más atrás se produce.

Yo creo que Capello empezó a perder el partido contra el Lyon –porque empatarlo es tanto como perderlo, al menos en la casa blanca– justo en el preciso instante en que dijo aquello de que lo importante era clasificarse para los octavos de final y que al fin y al cabo eso ya se había conseguido. ¿Cómo? ¿Haría usted el favor de rebobinarlo? ¿Así que al Madrid le traía al pairo clasificarse como primero o hacerlo como segundo? La historia reciente nos dice que, siempre que el Madrid acabó segundo, después quedó eliminado en la ronda de octavos de final o bien las pasó verdaderamente canutas para acceder a los cuartos. Su lectura del partido fue tan pigmea como aquella pusilánime reacción que tuvo el ínclito López Caro cuando, en mitad del portentoso vendaval copero que a punto estuvo de llevarse por delante al Zaragoza, imploró con gestitos a sus jugadores que levantaran el pie del acelerador. Al otro le dio miedo, a éste le dio lo mismo. No sé qué es peor.

En el simulacro de rueda de prensa ofrecido a la conclusión del apasionante 2-2 que convirtió al armario de dos cuerpos llamado John Carew en una versión más completa y también potenciada del mejor Diego Armando Maradona que uno recuerde, Capello dijo, probablemente en respuesta a la pregunta de algún periodista que debió cuestionar el mal juego del Real Madrid, que se lo iba a tomar con cierta ironía. Pitigrilli decía que la ironía no es nunca inmoral. Haciendo gala de la frase del famoso escritor diré que, con la ayuda de Fabio Cannavaro, la sonrisa del régimen italiano, Carew, que pisó anoche el césped del estadio Santiago Bernabéu con la vitola de transferible que instantes antes le había colocado Houllier, empezó a recabar los votos de los numerosos corresponsales de France Football que entregarán el Balón de Oro del año que viene. El noruego entró al campo con pie y medio fuera del Olympique y salió luego investido Doctor honoris causa por la Universidad del Real Madrid. Ironías de la vida.

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