El penúltimo raulista vivo

Hoy sería imposible Barcelona'92

Hace 25 años que se inauguraron los vigésimoquintos Juegos Olímpicos de la era moderna, los Juegos Olímpicos de Barcelona, los Juegos Olímpicos de España. Y lo repito: los Juegos Olímpicos de Barcelona, los Juegos Olímpicos de España. Así los sentimos entonces todos los españoles. No eran los Juegos de una ciudad sino los Juegos de una nación, la española, que apoyó al unísono y sin reservas, y también sin quejas, la organización de un evento de máxima complejidad. Antes que el deportivo, España afrontó el reto organizativo: ¿Seríamos capaces de sacarlo todo adelante? ¿Podría Barcelona-92 trasladar al mundo lo que representaba la nueva España? Salíamos de una dictadura de cerca de 40 años y hubo quien creyó que no estaríamos a la altura, pero lo estuvimos. No fueron los catalanes, como dice Puigdemont; o, para ser exacto, no fueron sólo los catalanes. Dudo mucho que una República Independiente de Cataluña hubiera sido primero elegida como sede y después hubiera podido impulsar un proyecto tan ambicioso. Fueron los catalanes, desde luego, pero con el apoyo fundamental de los gallegos, de los vascos, de los andaluces, de los madrileños, de todos y cada uno de los españoles. Más allá del éxito deportivo, Barcelona-92 representó el éxito colectivo nacional y supuso la puesta en escena de lo que éramos capaces de hacer.

El modelo de Barcelona ha sido uno de los que más alegrías ha dado a una sede olímpica en los últimos años. Su organización sigue considerándose hoy, un cuarto de siglo después, un ejemplo de rentabilización. El coste total de los Juegos ascendió a 6.728 millones de euros y su impacto económico en la ciudad ronda los 19.000. Barcelona cambió, dinamizó su turismo, remodeló la ciudad y tuvo un gran impacto internacional a pesar del golpe importante que su organización supuso para las arcas del Estado. Pero nadie pensó entonces en eso. Cuando Samaranch dijo "la ville de Barcelona", todos oímos "la ville de Sevilla", "la ville de Coruña", "la ville de Valencia", "la ville de Zaragoza" y, por supuesto, "la ville de Madrid". Era toda España la que salía beneficiada, éramos los españoles los que debíamos demostrar que estábamos a la altura. Sin el aporte económico nacional y sin el impulso político general, Barcelona-92 no habría pasado de ser el prototipo del bosquejo de una idea esbozada en un papel.

Hoy, 25 años después, Barcelona-92 sería imposible. Sería imposible porque el secesionismo catalán, que de todo se aprovecha y que todo lo devora, lo haría imposible. Albert Boadella, uno de nuestros catalanes más universales, decía que él no podría organizar una farsa como la que han montado Junqueras y sus socios. Barcelona ha pasado de ser un ejemplo de cosmopolitismo a otro de endogamia autodestructiva y los representantes políticos catalanes nacionalistas están a un paso de reinventar la historia y a dos de dar un golpe ilegal e inconstitucional contra el Estado. Y, por qué no decirlo, los españoles que en el 92 miramos con orgullo y sin reservas la elección de Barcelona, que lloramos cuando fue elegida y que disfrutamos porque todo salió bien, aquellos españoles... hemos desaparecido. Veinticinco años después podemos asegurar sin temor a equivocarnos que hemos retrocedido al menos cincuenta, y si estos tipejos siguen ahí, dentro de cincuenta habremos retrocedido cien. Barcelona 92 fue el sueño de una nación, la más vieja de Europa, que hoy se retuerce al observar los gestos y las caras de la traición. Desafortunadamente, del 'Amigos para siempre' ya no queda nada. Freddy Mercury no está, a la Caballé no se la espera y sólo nos quedan los Pujol, la Familia Trapisonda, un grupito que es la monda.

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