El penúltimo raulista vivo

Hoy quiero hablar de Gareth Bale

Día grande en Málaga, plaza merengue desde tiempos inmemoriales, tanto que a la junta directiva del equipo andaluz no le quedó más remedio que recordarle a sus aficionados a través de un spot televisivo algo faltón que el sábado tocaba querer más a mamá que a papá. Día grande y partido espeso, uno de esos partidos con los que se puede perder una Liga... y también se puede ganar. Vuelvo a repetir que si todos los equipos de Primera pusieran el mismo empeño en cada choque como el que ponen cuando juegan contra el Real Madrid sobrarían los entrenadores, no harían falta las tácticas y estarían todos empatados en la cabeza de la clasificación general, la Liga española dejaría entonces de ser una Liga de dos o de tres para pasar directamente a ser una Liga de veinte. Hasta Schuster, habitualmente abúlico, nostálgico y con cierta tendencia a viajar mentalmente a otros planetas mientras se juegan los partidos, parecía una mezcla entre Joaquín Caparrós y David Vidal. Es cierto que el equipo de Ancelotti acabó pidiendo la hora pero no lo es menos tampoco que se llevó el botín de los tres puntos y que llegará al partido del domingo que viene contra el Barça, que juega hoy, con un colchón de al menos 4 puntos de distancia. Cuando esto escribo son 7, quién nos lo iba a decir, ¿verdad?...

Hoy quiero hablar de mi futbolista preferido del Real Madrid, de la segunda B de la famosa BBC, de la que va entre Benzema y Cristiano, quiero hablar de Gareth Bale. Que nadie me malinterprete, el futbolista franquicia del equipo sigue siendo Cristiano, que es perfecto, pero yo tengo una especial debilidad por este galés que de niño soñaba con ser Zinedine Zidane y con vestir algún día la camiseta de un equipo español que se encontraba a miles de kilómetros de Cardiff, su ciudad natal. Bale no marcó, es cierto, pero a cambio iluminó con sus jugadas un partido con tendencia a la peligrosa penumbra, la del choque y el fútbol subterráneo que decidió plantear sobre la pizarra el técnico alemán del equipo malacitano para frenar al rival. Bale dio el pase a Cristiano para que éste hiciera lo de casi siempre, o sea marcar un golazo, forzó dos penaltis que el árbitro no vio o no quiso ver y se ofreció tercamente a sus compañeros como una solución diáfana a un fútbol demasiado enmarañado. Gareth fue simplemente el mejor de un partido que amenazó tormenta.

A mí Bale me recuerda mucho a aquel esquiador sueco, Ingemar Stenmark, que bailaba zigzagueante sobre la nieve. La línea de cal es su eslalon gigante y cuando encara nadie está seguro de poder esquivarle. Tratan de tirarle al suelo, intentan echarle fuera de la pista, pegarle contra la valla publicitaria, pero Bale sigue, sigue, sigue... Los actuales números de Gareth Bale ya son fantásticos y más aún teniendo en cuenta que no ha hecho una pretemporada convencional y que ha venido a un equipo nuevo para jugar en una Liga nueva rodeado de nuevos compañeros. Modric, por ejemplo, tardó todo un año en acoplarse y ahora nadie es capaz de discutir su inmensa calidad sin que se rían de él; antes sí, pero ahora ya no. Bale es otro Cristiano, más apocado quizás, menos gesticulante desde luego pero tan participativo, generoso y competitivo como pueda serlo el portugués, que es terco como una mula y que quiere más hasta el agotamiento. Y lo mejor de todo es que tengo la impresión de que está calentando motores. Cuando Bale salga del hangar y despegue, cuando se sienta líder sobre el campo, no habrá en el mundo defensa capaz de derribarle. Es un fichaje memorable.

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