El penúltimo raulista vivo

Hierro 6 se llamaba el condenado

Tengo unos amigos que antes eran normales y que ahora se dedican a jugar compulsivamente al golf. Existe un primer síntoma de que algo no funciona, síntoma que a mí, por cierto, me pasó totalmente inadvertido por aquel entonces, y es cuando, de repente, sin previo aviso, de la noche a la mañana, alguien de tu círculo más próximo, ya sea un amigo o un compañero de trabajo, aparece con un polo de la marca Ashworth. No hay duda, le han inoculado el virus del golf. Lo próximo que hará será tratar de enseñarle como sea el swing. Advertencia: bajo ninguna circunstancia deje que le enseñe el swing. Bajo ninguna. Intentará hacerlo tomando una caña. Querrá hacerlo en el garaje. O en la piscina. A la luz de la luna, bajo el sol más tórrido del verano o aprovechando las próximas lágrimas de San Lorenzo. Y es que, una vez contagiado por el virus del golf, el nuevo creyente llevará los palos siempre consigo. Se dirigirá al capó del coche, lo abrirá muy despacito y ahí estarán todos, desde el putter hasta el pitching wedge pasando por el driver. "Mira mi swing", dirá. Insisto, no mire. "¡Mira, hombre, mira, se agarra así, una mano aquí, la otra acá!". Reitero, no mire. No mire o estará usted definitivamente perdido.

La verdad es que no consigo recordar quién originó todo este lío, pero el caso es que al final hubo más de uno que miró. ¡Error! Al día siguiente aparecieron tres vistiendo polos Ashworth, y al siguiente ya eran cinco los que querían enseñarme el swing. "¡Mira el swing, míralo, míralo, míralooo!" El síntoma definitivo lo constituirá la conversación que, salvo ligerísimos matices, girará siempre invariablemente alrededor del draw, el eagle, las ventajas del tee de plástico sobre el tee de madera o cómo dropar la bola correctamente sin que te penalicen. Llegará un momento en que te sentirás como un bicho raro, como un perro verde, aislado (ellos lo llaman "bye"), sin un bando, sin una bandera, ausente, huérfano de un caddie que te indique hacia dónde tiene la caída el campo.

Confieso que hoy, por primera vez en toda mi vida, he cogido por fin un palo de golf. Hierro 6 se llamaba el condenado. No recuerdo su apellido. Un chiste les resumirá mejor que nada mi pequeña experiencia: "Padre, ¿será pecado si juego al golf este domingo?... Hijo, casualmente te vi jugar el otro día y, para serte sincero, en tu caso será un pecado que juegues cualquier día de la semana". Salvo el detalle de la barriga, yo no soy John Daly, aunque me habría gustado serlo sólo durante una hora. Debutó en el circuito de una forma espectacular. La víspera del Campeonato de la PGA le avisaron de que era el primer suplente. Cogió el coche y condujo durante siete horas. Se plantó en la puerta del campo. Le dijeron que Nick Price se había retirado porque su mujer estaba a punto de dar a luz. Ocupó su plaza, se hizo con su caddie y ganó el torneo. Un tipo curioso ese Daly. ¿Quién le inocularía a él el virus del golf? ¿Y quién me lo contagiará al final a mí?
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