El penúltimo raulista vivo

Héroes madridistas: Cortés, Pizarro, El Cid, Blas de Lezo, Cascorro, Manolas y ahora Origi

Lo que se ha vendido desde el barcelonismo como una virtud, la dependencia de un futbolista, no es más que un defecto en realidad. El elogio desmedido, el peloteo, la pedantería, la deificación de Leo Messi, convertido en un diosito que multiplica los panes y los peces, se ha convertido en una rémora para unos jugadores que descansan sobre uno el trabajo de once. Y, a las pruebas de lo sucedido anoche en Anfield me remito, no basta con que Messi quiera, también tienen que querer los demás. Si el equipo gana, todo va bien y la mentira puede seguir funcionando, pero si, como pasó ayer, el equipo pierde y, además, lo hace de un modo tan estruendoso, se comprueba rápidamente que aquella mentira tenía las patas muy cortas. Messi puede ser decisivo en veinte partidos al año... pero no en cincuenta. Y, además, no es lo mismo salirse del mapa en la Liga española que en Europa. Europa es otra cosa, la Copa de Europa es diferente, la Champions no tiene nada que ver con nada.

Lo que pasó ayer es que un equipo aburguesado dirigido por un entrenador cobardón no supo reaccionar a lo que, por otro lado, intuíamos todos que iba a suceder. El Liverpool salió a morder desde el primer minuto, más que nada porque no podía hacer otra cosa, y, en vez de ser fiel a la imagen de sí mismo que lleva proyectándonos desde que Cruyff llegó a su banquillo, el Barcelona optó por devolvernos el reflejo de Roma, el de un equipo desconectado, incapaz, abúlico y sólo con una clave por descifrar para su rival, Leo Messi. Pero Klopp maniató al argentino, le encerró en una jaula y tiró la llave al río, y el Barcelona sucumbió... otra vez.

El Real Madrid ha pagado esta temporada los platos rotos de una planificación errónea y de la marcha, sin sustitución, de su máximo goleador histórico, pero no me cabe la menor duda de que la próxima temporada el equipo blanco se rehará. Lo que pasó anoche, sin embargo, debiera servir también de advertencia a quienes creen que Messi ha sido, es y será el mejor futbolista de todos los tiempos; hay alguien a quien Lionel, que cumplirá 32 años en junio, no podrá meterle un gol: el tiempo. Incluso para él, incluso para Messi, el reloj biológico sigue su cuenta inexorable. Como es listo, poco a poco irá retrasando su posición, ahorrará energías, no se atormentará por aquellos balones a los que no pueda llegar y, poco a poco, muy lentamente al principio y más rápidamente después, nos iremos dando cuenta de que la influencia en el juego de Messi irá reduciendo su potencia. Si el Real Madrid lo está pasando mal por el adiós de Cristiano, no quiero ni pensar cómo lo pasará el Barcelona cuando Messi diga adiós. La obligación responsable de una directiva seria sería la de ir buscando un plan B para cuando eso suceda pero, bien al contrario, parece que prefiere dormitar a la sombra del crack argentino.

Lo de ayer fue muy fuerte, y nos iremos dando cuenta a medida que vayan pasando los días. El 4-0 de Origi, fruto de una pillería de Alexander-Arnold, nos habla de un Barcelona colapsado, un Barcelona incapaz de reaccionar en los momentos de máxima tensión emocional, que es justo lo contrario de lo que le sucede al Real Madrid, por ejemplo. Lo de anoche es peor que lo de Roma, mucho peor. Peor incluso que la final del 86 contra el Steaua en el Sánchez Pizjuán. Lo de ayer le costará inexcusablemente la cabeza a Valverde, que ya estuvo en la rampa de salida tras el Manolazo. La alineación de Vidal, al que parece que también le queda un telediario, en detrimento de Arthur, que nos vendieron como el nuevo Xavi, unida a su declaración del lunes en el sentido de que tampoco era necesario tener el control del partido, le van a costar la cabeza. Si hay celebración en Cibeles esa no será la del Barcelona sino, muy probablemente, la de aquellos ingleses seguidores del Liverpool que vivan en Madrid porque el martes 7 de mayo de 2019 su equipo protagonizó una de las mayores gestas futbolísticas de los últimos 50 años. Creyeron y pudieron, deshaciendo al todopoderoso Barcelona del omnipresente Messi. No sólo no caminaron solos sino que corrieron y se dejaron la vida acompañados de una gran afición, que aprieta hasta el final. Porque, y esa es otra lección, si no aprietas arriba... es difícil hacerlo abajo. Cortés, Pizarro, El Cid, Blas de Lezo, Cascorro, Manolas y ahora Origi, el hombre milagro. ¡Qué difícil es ganar una Copa de Europa por Dios!

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