El penúltimo raulista vivo

Habla, Messi, habla...

Leo Messi ha dicho varias cosas interesantes en RAC1, no siendo la menos importante de ellas la de que lleva sin hablar con Josep María Bartomeu desde la debacle de Anfield, la del 4-0. No es precisamente un asunto menor el que el presidente de un club como el Barcelona y su jugador franquicia lleven ya más de cuatro meses sin cruzar palabra y que lo único que haya trascendido de su relación haya sido la cláusula de su contrato según la cual podría marcharse de aquí a coste cero siempre y cuando lo comunicase antes del mes de mayo. Últimamente Messi, que ha sido un deportista hermético, se está abriendo más a hacer declaraciones, eso sí a los medios afines. Habla más Messi y, a diferencia del primer Leo, éste sí dice cosas y deja titulares. Habla más Messi aunque en su lista de interlocutores no aparezcan ni su presidente ni tampoco Antoine Griezmann, quien, al hablar también poco, está tratando de relacionarse con el futbolista argentino a través del mate.

Ha dicho más cosas Messi. Ha dicho, por ejemplo, que hubo un momento en el que pensó seriamente en la posibilidad de marcharse de España porque creyó que Hacienda le maltrataba; si por eso fuera, Lionel, de aquí desapareceríamos treinta millones de españoles. El paso que no se atrevió a dar Messi sí lo dio sin embargo Cristiano, que si está ahora en Turín es por la sencilla razón de que el Real Madrid, o lo que es lo mismo Florentino Pérez, se negó a solucionar su problema con el dinero de los socios. Más agotado y con menos carácter, más apocado y probablemente con menos salidas que Florentino y también en su último mandato, o sea lo que los americanos definen como un pato cojo, Bartomeu sí le arregló lo suyo a Messi utilizando la pólvora del rey.

Y Messi también ha dicho que, en vista de las ganas que tenía de salir de París, temió seriamente que su amigo Neymar acabara en el Real Madrid. Yo, no lo negaré, quería a Neymar de blanco; lo quería con tantas fuerzas que al final creí que Florentino lo firmaría en el último día del mercado de verano. Y, al revés que Messi, como madridista que soy temí que Neymar regresara al Barcelona porque una delantera formada por Suárez, Neymar, Griezmann, Dembélé y el propio Messi me parecía imbatible. Y la verdad es que si me temí lo peor, o sea que Neymar volviera al Barcelona, fue porque no me creí lo que siempre me dijeron desde el Real Madrid: que ellos no estaban detrás de Neymar, que el jeque pedía por él lo mismo que pagó en su día, que el montante de la operación se disparaba hasta los inasumibles quinientos millones de euros, y algo más, que lo del Barcelona era puro teatro de distracción porque no tenía dinero para acometer dicha operación.

"Ojalá llegue cuanto antes el 2 de septiembre", me dijo el señor Real Madrid, "porque así acabaremos de una vez por todas con las especulaciones". Si, ante la insistencia del futbolista, el PSG, harto de estar harto, hubiera decidido regalar a Neymar, éste habría sido ofrecido antes a Florentino que a Bartomeu, así que las comitivas que envió a París el presidente culé tenían como único objetivo el de la distracción... ¿de quién?... Pues sí, efectivamente, la distracción de Lionel Messi, que era quien temía verdaderamente que su amigo pudiera acabar vistiendo la camiseta blanca. Cuando, en fin, Messi dijo que no sabía si el club había hecho todo lo posible por traer a Neymar era pura y llanamente porque sí lo sabía: no lo había hecho, no señor. Messi tiene que hablar más, abrirse más, también a los medios críticos. Porque, con el paso de los años, Leo ha aprendido a expresarse mucho mejor. Confieso que a mí me ha ganado cuando ha dicho que no le gusta que le llamen dios porque no es nada correcto y luego lo escuchan sus hijos. Habla, Messi, habla. También con Griezmann. E incluso con Bartomeu si es estrictamente necesario. O sea, con Bartomeu no. Habla mejor con Piqué, que ese sí que manda de verdad.

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