El penúltimo raulista vivo

Goleada de España a las friquiselecciones

El enésimo manifiesto de apoyo a la oficialidad de la selección vasca de fútbol, presentado esta vez en San Sebastián por Iñaki Alkiza y José María Arrate entre otros, pasó afortunadamente desapercibido. Es muy probable que muchos de ustedes se estén enterando en este preciso instante por mí de que los ex presidentes de la Real Sociedad y del Athletic Club de Bilbao, además de otros ex jugadores de ambos equipos, firmaron un documento el pasado 24 de diciembre en favor de dicha oficialidad. El acto, como decía, pasó sin mayor pena ni gloria hasta el punto de que si ahora mismo preguntara contra qué selección jugó el equipo del País Vasco, dónde lo hizo y el resultado al final de los noventa minutos, dudo mucho que hubiera un diez por ciento de aficionados, y estoy tirando para arriba, que respondiera correctamente a alguna de las tres preguntas.

Pierden fuelle a pasos agigantados las reivindicaciones de los promotores de la oficialidad de las selecciones vasca y también catalana y eso es porque, además de vérseles nítidamente el plumero desde hace tanto tiempo que ya ni me acuerdo, transmiten malas vibraciones y mucha negatividad mientras que con la selección nacional española sucede todo lo contrario. Cuando se habla de España se hace para elogiar su fantástico fútbol y el hecho de que, primero con Luis y ahora con Del Bosque, se estén batiendo todos y cada uno de los registros imaginables; nuestra selección nacional transmite al mundo el ejemplo de la unión sin fisuras de un grupo compacto de amigos que afrontan cada partido con normalidad y deportividad. Y en las antípodas, además de Australia, podemos situar a los equipos de Cataluña y el País Vasco.

Pochettino está que lo fuma en pipa con Cruyff, el curioso "seleccionador" de Cataluña, porque sus futbolistas jugaron los 90 minutos cuando a él le habían asegurado que sólo lo harían medio tiempo. Dejando a un lado la dimisión de quince directivos de la FCF, a Guardiola debe tocarle mucho las narices el hecho de que Puyol, uno de sus bastiones, se lesionara ante Honduras y sea baja para los próximos diez días. Y la prueba del algodón de que el objetivo no es en absoluto el fútbol sino el ansia independentista que utiliza al deporte como calzador reivindicativo es que a Xabi Alonso, que es de Tolosa desde que nació y por lo tanto vasco salvo futuras reinterpretaciones de la geografía y la historia españolas, se le pitara en San Mamés, la famosa Catedral, por algo tan simple como que juega en el Real Madrid, equipo que viene a encarnar todo lo contrario de lo que allí se pretende lograr con estas pachanguitas. Si hay algo que se puede afirmar sin temor a la equivocación es que este desinterés por lo autonómico-futbolístico no ha sido provocado por la política del químico Lissavetzky y su modo acomplejado, fofo, sudoroso y tembloroso de afrontar la cuestión. Otra goleada de España que, en lo que a la política se refiere, juega sin entrenador en el banquillo. Viva la autogestión.

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