El penúltimo raulista vivo

Gaspart y el día de la marmota

Este pasado sábado, a la una de la tarde, debería haberse jugado el partido entre el Barcelona y el Real Madrid correspondiente a la décima jornada del campeonato nacional de Liga de Primera División. No fue así, no se jugó, y después de una semana trágica protagonizada por los violentos que quieren arrancar la independencia con amenazas, insultos, coacciones y saltándose la ley, la Constitución y el Estado de derecho a la torera, dimos paso a unos días cómicos en los que la Liga, arrogándose el papel del ministerio del Interior, propuso trasladar el partido del Camp Nou al Bernabéu, inconsciente de que el reglamento lo prohíbe, la posterior negativa de los clubes y de la federación, la indecisión del Comité de Competición, el acuerdo del 18 de diciembre como fecha consensuada entre culés y madridistas y el pataleo de Javier Tebas, que amenaza con acudir a los tribunales al ver cómo su producto estrella no se juega en fin de semana.

El dislate posterior a la semana que nos ha encogido a todos el corazón, con el odio estallando en vivo y en directo por las calles de la ciudad condal y la policía acorralada cuando no directamente zarandeada, ha encontrado la surrealista guinda de tan macabro pastel en las desafortunadas declaraciones de un hombre que, paradójicamente, lo fue todo en el Barcelona, primero, y, como consecuencia de ello, también en el fútbol español, de cuya federación fue hombre con cierta influencia y poder, y no me refiero a otro que al empresario hotelero Joan Gaspart Solves, de quien llegó a hablarse incluso como posible sustituto de Ángel Villar.

Del mismo modo que cuando el diablo se aburre mata moscas con el rabo, cuando el periodismo deportivo no tiene de qué hablar llama a Gaspart o se pone en contacto con Ramón Calderón, tanto monta, monta tanto. Los dos están suficientemente desprestigiados deportivamente hablando pero, al parecer, dan bastante juego con sus charadas y a la tontuna de uno responde el otro con otra aún mayor. Gaspart nació en Barcelona y, como el resto, ha tenido que asistir al akelarre secesionista, sólo que él desde primera línea de playa. Lo último que alguien en sus cabales debe hacer es trivializar lo ocurrido en la ciudad condal, y eso es lo que ha hecho don Juan al explicar que él también vino en tanqueta de la policía a Madrid y no pasó nada. De seguir por ese camino, y como ya dije aquí mismo hace días, al final no habrán sido el supremacista Torra y los CDR los organizadores de las trifulcas sino Florentino Pérez y el Real Madrid, ya veréis.

El partido, efectivamente, debió haberse jugado. Debió haberse jugado porque el no hacerlo supone el triunfo de los violentos. Y, en el hipotético caso de que ello hubiera sido imposible, celebrarse a puerta cerrada o, en su lugar, dárselo por perdido al Barcelona, que entre el independentismo y el constitucionalismo apostó por el primero con un comunicado verdaderamente impresentable. Y, en lugar de recordar lo que le pasó o le dejó de pasar en Madrid y cuando, lo que debió hacer Gaspart es criticar a una directiva cuya deriva ha situado más cerca de aquellos que pretenden hacer añicos España por las bravas que a los que apuestan por la concordia, la paz social y la democracia.

Joan Gaspart es un peligro, sí, pero no tanto para el Real Madrid como para él mismo y para el Barcelona. Un día Gaspart se fue a dormir con Luis Figo, que era el alma de aquel equipo, como capitán del club catalán y, al levantarse por la mañana y mientras se estaba afeitando puso la tele y vio cómo Florentino y Di Stéfano presentaban al portugués con la camiseta del Madrid. Desde aquel día Gaspart no está bien y hace diecinueve años que anda groggy por la calle diciendo cosas ininteligibles cuando no difamatorias directamente. Más que de los grandes y ejemplares directivos que hubo en su club, y entre los que cabe destacar a Nicolás Casaus, que siempre fue un señor, Gaspart parece empeñado en querer representar a los cómicos catalanes, a Carlos Latre, a José Corbacho, a Xavier Deltell y compañía. Tengo para mí que, salvo yo, ya nadie toma realmente en serio a Gaspart, noqueado por Florentino y, como le sucedía al metereólogo Phil Conors de Atrapado en el tiempo con el 2 de febrero, instalado para siempre en aquel 24 de julio del año 2000. Pero aquí... la marmota es él.

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