El penúltimo raulista vivo

Gancho y Directo

Fui a ver Rocky cuando la estrenaron. Era cuando se formaban colas en la calle y la gente, al contrario que ahora, solía respetarlas. Una sala enorme de la Gran Vía, una pantalla gigantesca, olor a cine, mis padres flanqueándome, el ruidito de la gente comiendo palomitas sustituyendo a la horrenda matraca de los actuales teléfonos móviles y dos inacabables y deliciosas horas por delante de amor, integridad, bondad y superación personal, toda una aventura para un crío de trece años. La felicidad. Cuando el potro italiano saltó al ring todavía no sabía si me gustaba o no el boxeo; en realidad sabía pocas cosas: que quería ser periodista deportivo, que me gustaban mucho las chicas, que no había nada ni remotamente igualable al partido de fútbol sala de los sábados por la mañana y que la ELO era lo más de lo más.

Siempre rompo a llorar cuando Mickey va a visitar a Rocky para pedirle que le dé la oportunidad de prepararle para pelear contra Apollo Creed, el campeón mundial de los pesos pesados. Sé, porque he visto la peli más de diez veces, más de quince y más de veinte, que la escena está ahí, a la vuelta de la esquina, pero no consigo atravesarla sin que las lágrimas me nublen la vista. Antes, cuando era un peque, no me importaba, pero ahora que soy un tío de pelo en pecho me da un poco de vergüenza y, si estoy acompañado, me levanto con la excusa de tener que ir al cuarto de baño. Esa escena define mejor que cualquier otra qué no es y quién es Balboa: no es un matón a sueldo, aunque para subsistir tenga que trabajar en ello, sino un boxeador, un púgil, un deportista, y es un hombre bueno. Hoy no tiene buen cartel la bondad, no vende, y lo que hay que hacer es vender mucho.

Stallone, el hombre que tuvo una idea, escribió un guión y puso como única condición interpretar él mismo a Balboa, entrará en 2011 en el Salón de la Fama del Boxeo de la mano de Rocky, y con él Adrian, Paulie, Tony Gazzo, Iván Drago, Spider Rico y toda la galería de personajes que han ido desfilando desde la primera hasta la última película de la saga. Una buena noticia, sin duda, porque la historia de ese hombre bueno, con corazón de oro y puños de hierro, a quien por fin le llega su gran ocasión, ha hecho más que cualquier otra pelea, real o ficticia, y cualquier boxeador, de carne y hueso o inventado, por publicitar un deporte vilipendiado por desconocimiento. Únicamente faltan Gancho y Directo para que la felicidad sea completa y total. Veré Rocky otra vez para celebrarlo. Y volveré a llorar cuando Stallone salga corriendo para decirle a Mickey que sí, que se apoyará en él para luchar contra el campeón, dos hombres sin suerte unidos en la conquista de un sueño imposible. Y, con ellos, volveré a oler a cine, oiré el mascar de palomitas, me veré a mí mismo por un agujerito, aquel chico que quería ser García para contar las verdades del barquero y que todavía no sabía si le gustaba o no el boxeo.

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